Aymeric Laporte no describió su trayectoria como una sucesión de decisiones deportivas aisladas, sino como el resultado de un proceso personal que comenzó en Francia, se aceleró en Bilbao y terminó llevándolo a defender a España. En una entrevista con el exfutbolista Mario Suárez para el canal de YouTube El Camino de Mario, el defensor repasó los momentos que marcaron su carrera: la salida de su familia durante la adolescencia, la adaptación al Athletic Club, la falta de continuidad con Francia y la elección de una nacionalidad que acabaría vinculándolo también con el mayor título de su carrera.
El eje de su relato fue claro: España no apareció únicamente como una alternativa futbolística, sino como el país en el que construyó su vida adulta. Laporte nació en Agen, en el suroeste francés, y permaneció allí hasta los 15 años. En ese momento, un reclutador del Athletic lo observó durante un partido entre Aquitania y la selección de Vizcaya. La invitación a un torneo de prueba abrió una puerta que cambiaría su formación, sus vínculos y, con el tiempo, su identidad deportiva.
El salto que exigió aprender a vivir lejos de casa
La llegada a Lezama fue especialmente difícil porque Laporte no hablaba castellano. El club representaba una oportunidad extraordinaria, pero también implicaba afrontar una separación temprana de su entorno. Para reducir la sensación de aislamiento, se reunía con cuatro o cinco jóvenes franceses de la zona. Aun así, durante los fines de semana permanecía solo en la residencia y mantenía el contacto con su familia a través de Skype.
La historia familiar ayuda a entender la dimensión de aquel sacrificio. Su padre jugaba al rugby y su madre al fútbol, por lo que el deporte formaba parte de la vida cotidiana desde su infancia. Laporte explicó que su padre, ya fallecido, fue quien más lo impulsó a convertirse en futbolista y quien lo acompañó durante el proceso de salir de casa primero a los 11 años y después trasladarse a Bilbao a los 15. Su madre, recordó, fue la figura afectiva que sostuvo esa distancia.

El debut con el primer equipo del Athletic se produjo con Marcelo Bielsa como entrenador. Al principio, el técnico argentino no parecía confiar plenamente en él, pero la relación cambió a medida que el central respondió a una exigencia que Laporte definió como extrema. Bielsa imponía trabajo físico, duelos individuales y una intensidad constante. Para el defensor, esa metodología tuvo un doble efecto: fue agotadora, pero también contribuyó a forjar el carácter competitivo con el que después afrontaría los grandes escenarios.
La nacionalidad como consecuencia de una trayectoria
La decisión de jugar para España no fue inmediata ni sencilla. Laporte explicó que hubo un primer intento de obtener la nacionalidad que no prosperó y que el proceso solo avanzó después de conversar con responsables de la selección. Ambas partes entendieron que se trataba de una oportunidad única. La elección, sin embargo, no puede separarse de una circunstancia deportiva concreta: Francia apenas lo convocó tres veces, incluso durante sus mejores temporadas en el Manchester City, y Didier Deschamps no lo incorporó de manera regular a sus planes.
La falta de oportunidades con Francia pesó, pero no explica por sí sola el cambio. Laporte señaló que su mujer, sus hijos y la mayoría de sus amigos forman parte de su vida en España. Esa red de relaciones convirtió una decisión institucional en una expresión de arraigo. Su familia continúa siendo francesa y reconoce la fuerza del sentimiento patriótico en ese país, pero su experiencia cotidiana se había desarrollado en otro lugar. La selección terminó reflejando, por tanto, una pertenencia construida durante más de una década.
El título mundial amplificó el significado de esa elección. Cuando pudo celebrar el campeonato, Laporte dijo que pensó inmediatamente en su padre, convencido de que habría disfrutado plenamente aquel momento. Esa referencia muestra que el éxito internacional no fue únicamente una recompensa profesional: también funcionó como la culminación de un camino familiar iniciado mucho antes, cuando un adolescente dejó Agen para intentar hacerse un lugar en Bilbao.
Una carrera de grandes títulos y exposición desigual
En 2018, Laporte se incorporó al Manchester City después de recibir el interés directo de Pep Guardiola, que ya había intentado contactarlo durante su etapa en el Bayern de Múnich. Barcelona y Chelsea también habían mostrado interés. Antes de marcharse, el defensor renovó con el Athletic para que el club obtuviera un beneficio económico mayor, y un año y medio después aceptó la propuesta inglesa.
Su balance en Manchester fue extraordinario: en cinco temporadas y media ganó cinco Premier League y una Champions League. De Guardiola destacó su capacidad táctica, que situó entre las mejores de la historia del fútbol, aunque también señaló dificultades en la gestión de las relaciones personales. La observación resulta significativa porque separa dos dimensiones que a menudo se mezclan: la excelencia de un entrenador en el campo no garantiza una relación sencilla fuera de él.
Laporte también habló de una paradoja en la valoración pública de su carrera. Pese a su rendimiento en el Mundial y en la Eurocopa, no entró en los equipos ideales de ninguno de los dos torneos. A su juicio, la explicación está relacionada con la exposición mediática: “El marketing hace mucho”, afirmó, al reconocer que habría tenido una proyección distinta si hubiese jugado en el Real Madrid o en el Barcelona. Su caso revela cómo la percepción de un futbolista depende no solo de sus actuaciones, sino también del escenario institucional y comercial desde el que se comunica su figura.
El regreso que completa el círculo
Después de pasar por el Al-Nassr de Arabia Saudí, Laporte decidió regresar al Athletic. El traslado al fútbol saudí se produjo porque ningún club europeo aceptó las condiciones económicas que el Manchester City exigía para su traspaso, pero el regreso a Bilbao respondió a una lógica diferente. Rechazó propuestas económicamente superiores de Turquía y de otros clubes europeos para volver al lugar donde comenzó su carrera profesional.
Le queda este año de contrato y otro más. Su deseo de ganar un título europeo con el Athletic resume la dimensión simbólica de esta etapa: después de conquistar la Premier League, la Champions y un Mundial, el trofeo que todavía persigue está ligado al club que lo recibió cuando aún no dominaba el idioma ni sabía cuánto duraría su aventura lejos de Agen. La trayectoria de Laporte, en ese sentido, no se entiende solo por los títulos acumulados, sino por el vínculo que decidió conservar cuando ya podía elegir cualquier destino.