Israel acudirá a las urnas el 27 de octubre en sus primeras elecciones desde la masacre perpetrada por Hamás tres años atrás. La votación se presenta como un referéndum sobre los casi veinte años de liderazgo de Benjamín Netanyahu y sobre la responsabilidad política del primer ministro en el fallo de seguridad del 7 de octubre de 2023. Sin embargo, el resultado difícilmente modificará de forma radical la política exterior y de seguridad del país.
La campaña se desarrolla en un ambiente de fuerte polarización. El debate electoral combina la gestión de la guerra, el reclutamiento de los ultraortodoxos, la expansión de los asentamientos y el futuro de la democracia israelí. El riesgo de protestas violentas no se limita a la rivalidad entre bloques parlamentarios: también afecta a la relación entre el sector nacionalista religioso y los grupos laicos, entre las fuerzas de seguridad y los ultraortodoxos opuestos al servicio militar, y entre el Estado y los colonos más radicales.
Un Parlamento sin mayoría clara
Las encuestas sitúan al partido Yashar!, dirigido por el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, en torno a 22 escaños, ligeramente por delante del Likud de Netanyahu, con unos 20. Eisenkot es además el candidato mejor valorado para ocupar la jefatura del Gobierno. La muerte de su hijo y de su sobrino en Gaza le ha otorgado una autoridad particular en una sociedad profundamente militarizada.
Aun así, las proyecciones no ofrecen una vía evidente hacia la mayoría de 61 escaños necesaria para gobernar en una Knéset de 120 miembros. El bloque de Netanyahu reúne una media de 51 diputados y la oposición, 52. Los partidos que representan a los ciudadanos palestinos de Israel sumarían alrededor de 14, mientras varias formaciones pequeñas se acercan al umbral electoral y podrían decidir el reparto final.
Entre ellas se encuentran los Reservistas y Amcha Yisrael, partido ultraderechista de Ofer Winter. El Likud y Sionismo Religioso presionan a esta última formación para que abandone la carrera, una maniobra que podría alterar el equilibrio entre los bloques. En este escenario, la formación del próximo Ejecutivo dependerá tanto de los resultados como de la capacidad de los líderes para atraer a diputados rivales o pactar con partidos hasta ahora excluidos.

La cuestión palestina no ocupa el centro de la campaña en términos de una posible solución política. El apoyo a la creación de un Estado palestino ha disminuido en casi todo el espectro judío, mientras el control permanente sobre los palestinos se ha normalizado. La discusión se concentra más en los métodos y los límites de la acción israelí que en la posibilidad de poner fin a la ocupación.
El dilema de los partidos excluidos
Si la oposición queda por debajo de la mayoría, tendrá que buscar aliados entre los partidos ultraortodoxos no sionistas o las formaciones de ciudadanos palestinos. Ambos grupos han mostrado disposición a negociar, pero exigirían concesiones. Ra’am ha incorporado a sus listas a Yoav Segalovitz, antiguo parlamentario judío y alto cargo policial, en un intento de presentarse como un socio de coalición aceptable.
Los líderes judíos de la oposición, sin embargo, siguen prometiendo un Gobierno compuesto únicamente por partidos sionistas. Esa posición refleja el peso de décadas de exclusión política de las formaciones árabes, pero también limita sus opciones parlamentarias. Desde la derecha se ha consolidado una campaña de demonización contra los políticos palestinos con ciudadanía israelí, mientras el centro y la izquierda han evitado enfrentarse de manera sostenida a ese discurso.
El otro foco de conflicto es la exención del servicio militar para los ultraortodoxos. La cuestión ha adquirido una dimensión nueva desde el 7 de octubre, porque los reservistas soportan una carga prolongada y cada vez más visible. Un acuerdo con los partidos religiosos podría permitir la investidura de un Gobierno, pero provocaría tensiones entre los sectores laicos de la oposición, especialmente alrededor de figuras como Avigdor Lieberman y Yair Lapid.
Cinco desenlaces y una inestabilidad prolongada
El escenario más probable es un bloqueo en el que ningún líder logre formar coalición. Netanyahu continuaría como primer ministro en funciones hasta unas nuevas elecciones, posiblemente en la primavera de 2027, aunque con poderes limitados por la nueva Knéset. Otra posibilidad sería que Eisenkot formara un Ejecutivo minoritario con apoyo externo de los partidos palestinos o incorporando a Ra’am, como ocurrió con la coalición de Naftali Bennett en 2021.
También podría buscar apoyo temporal de los ultraortodoxos antes de aprobar una ley de reclutamiento de compromiso y ofrecerles después puestos en el Gobierno. Un cuarto desenlace consistiría en que Netanyahu o Eisenkot atrajeran a diputados del bloque contrario para alcanzar los 61 escaños. Finalmente, una emergencia de seguridad nacional podría impulsar un Gobierno de unidad entre Eisenkot y Netanyahu, incluso con una jefatura rotatoria, aunque el coste político de ese pacto sería elevado.
La oposición tampoco ha designado formalmente a su candidato. Eisenkot parte con ventaja por encabezar el partido más grande, pero Lieberman o Bennett podrían convertirse en alternativas si logran captar a parlamentarios descontentos del Likud. Esa incertidumbre aumenta la probabilidad de negociaciones prolongadas y reduce la capacidad de cualquier futuro primer ministro para aplicar un programa coherente desde el primer día.
Cambio interno, continuidad exterior
Un Gobierno encabezado por Eisenkot probablemente frenaría la reforma judicial, impulsaría una comisión estatal de investigación sobre los fallos del 7 de octubre y aprobaría una nueva legislación sobre el servicio militar. También podría contener la violencia de los colonos, actuar contra los puestos avanzados ilegales y aliviar la presión ejercida sobre la Autoridad Palestina.
Las diferencias serían menores en seguridad y política exterior. La doctrina adoptada tras el 7 de octubre, basada en anticiparse a las amenazas, operar más allá de las fronteras y mantener zonas de amortiguación en territorios vecinos, cuenta con respaldo entre casi todos los partidos judíos. Un Ejecutivo opositor podría ser menos exigente en el desarme de Gaza y facilitar la segunda fase del alto el fuego, pero no abandonaría necesariamente la expansión de los asentamientos ni convertiría la creación de un Estado palestino en una prioridad.
En Oriente Medio, el nuevo Gobierno intentaría reparar los vínculos con los países árabes y podría explorar acuerdos de seguridad limitados, incluido un eventual pacto con Siria. Sin una vía diplomática con los palestinos, no obstante, seguirían siendo previsibles nuevos episodios de violencia en Gaza y Cisjordania. La normalización con Arabia Saudí permanecería bloqueada mientras no exista una perspectiva política creíble para los palestinos.
El desafío para Europa
Una nueva coalición trataría de recomponer las relaciones con Europa y de ampliar sus vínculos con los dos grandes partidos estadounidenses más allá del respaldo de Donald Trump a Netanyahu. Pero la política israelí seguiría chocando con los intereses europeos en materia de estabilidad regional, derecho internacional y solución de dos Estados.
Los gobiernos europeos afrontarán, por tanto, un dilema doble: preservar la relación con Israel y utilizar su influencia para limitar la expansión territorial y la agresión militar. El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores sostiene que deberían combinar mensajes privados con una definición pública de los costes y beneficios de cada rumbo. La diplomacia con los palestinos y los países árabes podría mejorar la posición internacional de Israel; la anexión o una nueva escalada militar aumentarían su aislamiento político y económico.
La salida de Netanyahu del poder modificaría el estilo y algunos equilibrios internos, pero no borraría la transformación acumulada durante años. La derecha religiosa ha consolidado posiciones en instituciones clave y ha desplazado el debate nacional hacia una visión más etnonacionalista. El resultado electoral puede frenar esa deriva o acelerarla, pero difícilmente devolverá por sí solo a Israel al modelo liberal que, incluso en sus etapas anteriores, nunca estuvo exento de contradicciones.