Las legislativas de EEUU convierten el rechazo a Trump en una batalla por el control del Congreso

Las legislativas de EEUU convierten el rechazo a Trump en una batalla por el control del Congreso

Las elecciones legislativas del 3 de noviembre se han transformado en un referéndum político sobre Donald Trump. Más que una disputa entre programas alternativos, la campaña enfrenta dos diagnósticos incompatibles sobre el estado de Estados Unidos: para los republicanos, el presidente necesita respaldo para culminar su proyecto; para los demócratas, el Congreso debe recuperar capacidad de control antes de que la Casa Blanca concentre todavía más poder. Los dos últimos años del mandato presidencial dependen del resultado.

El Congreso como último contrapeso

George Lombardi, fundador de Latinos por Trump, interpreta la votación como una oportunidad para que el electorado republicano sostenga al presidente. Doris Stanger, representante demócrata estadounidense en Barcelona, la contempla desde el extremo contrario: teme que Trump esté debilitando al Congreso y acumulando autoridad en torno a su propia figura, sus hijos y su círculo político. La diferencia no es solo partidista; afecta a la concepción misma de las instituciones.

El Partido Demócrata aspira a recuperar la Cámara de Representantes y, eventualmente, el Senado para limitar la agenda presidencial. En esa estrategia, la elección adquiere un carácter defensivo: bloquear decisiones sobre sanidad, educación, medio ambiente y derechos de las mujeres. Los republicanos, en cambio, presentan cualquier freno institucional como una continuación de la resistencia demócrata contra un presidente elegido por sus votantes. El resultado determinará si Trump afronta la segunda mitad de su mandato con margen legislativo o bajo una supervisión más estricta.

La disputa institucional se alimenta de una desconfianza social que ya ha dejado de ser abstracta. Más del 90% de demócratas y republicanos mantiene una opinión desfavorable del partido contrario, según el Pew Research Center. Cuando el adversario deja de ser percibido como un competidor legítimo y pasa a representar una amenaza para el país, el Congreso pierde espacio para la negociación y cada votación se interpreta como una batalla existencial.

Las legislativas de EEUU convierten el rechazo a Trump en una batalla por el control del Congreso

Una fractura que ya alcanza la vida privada

La polarización no se limita a los discursos electorales. El 56% de los estadounidenses afirma haber dejado de hablar de política con alguien por sus opiniones, frente al 45% registrado en 2024. La consecuencia es un círculo difícil de romper: cuanto menos conversan ciudadanos de tendencias opuestas, menos posibilidades tienen de corregir sus percepciones sobre el otro grupo y más fácil resulta aceptar caricaturas partidistas.

También se ha hundido la confianza en el criterio político de los compatriotas. Solo el 51% de los estadounidenses confía en la capacidad de sus conciudadanos para juzgar los asuntos públicos, el nivel más bajo registrado por Gallup, frente al 86% de 1976. El dato revela algo más profundo que una campaña especialmente áspera: la pérdida de una base común para discutir los problemas nacionales. Stanger recuerda una infancia en la que no percibía al país partido en dos, una memoria que contrasta con la experiencia actual de familias y comunidades que evitan determinados temas para preservar sus relaciones.

En este contexto, la elección deja de depender únicamente de la adhesión a un partido. El rechazo al contrario pesa tanto o más que el apoyo al propio candidato. Para los demócratas, Trump concentra el riesgo de una deriva autoritaria; para los republicanos, la oposición demócrata encarna una izquierda cada vez más radical. Ambas percepciones refuerzan la movilización interna, pero reducen el espacio para que un votante cambie de bando por razones concretas.

Inmigración y Gaza: la campaña simplifica una realidad más matizada

El temor a una izquierda radical es uno de los argumentos centrales de la campaña republicana. Lombardi cita la posición demócrata sobre la guerra de Gaza como prueba de ese desplazamiento ideológico. Sin embargo, los datos del Pew Research Center introducen matices relevantes: el 70% de los demócratas expresa una opinión favorable del pueblo palestino, frente al 37% de los republicanos, pero el rechazo a Hamás es mayoritario en ambos grupos, con un 82% y un 89%, respectivamente.

La inmigración presenta una tensión similar entre el relato político y la opinión medida. Lombardi sostiene que los latinos con residencia legal son incluso más contrarios a la inmigración que los republicanos. Las encuestas citadas dibujan una imagen menos uniforme: el 62% de los votantes latinos considera que la Administración de Trump deporta a demasiados inmigrantes. La cifra no elimina la diversidad de posiciones dentro de la comunidad latina, pero sí cuestiona la idea de que ese electorado pueda ser identificado automáticamente con la política migratoria republicana.

Estas diferencias importan porque muestran cómo la polarización convierte asuntos complejos en señales de pertenencia. Gaza y la inmigración dejan de discutirse solo por sus efectos concretos y pasan a funcionar como pruebas de lealtad ideológica. En una elección tan centrada en Trump, cada cuestión sirve para confirmar la identidad del propio bloque y deslegitimar al contrario.

El coste de vida puede ser el punto de contacto

La economía ofrece el único terreno donde ambos electorados parecen compartir una preocupación reconocible. Lombardi admite que el encarecimiento de la vida puede desmovilizar a algunos simpatizantes de Trump, aunque no espera que se trasladen al campo demócrata. Su valoración sigue siendo favorable, pero contiene una reserva decisiva: la economía está bien, afirma, aunque todos quieren que mejore.

Stanger pone el foco en la sanidad y en la presión que soportan los hogares. Según su testimonio, muchas familias pagan alrededor de 2.000 dólares mensuales por su seguro médico y todavía deben afrontar copagos elevados cuando necesitan atención hospitalaria. Para ella, los recortes sanitarios no son una cuestión presupuestaria distante, sino una amenaza directa para quienes ya no pueden permitirse enfermar.

La inflación, los seguros médicos y el acceso a los servicios públicos pueden atraer a votantes menos interesados en la guerra cultural. Pero esa coincidencia material no garantiza un acercamiento político. El clima de desconfianza hace que incluso las demandas compartidas se interpreten desde trincheras opuestas. La campaña llega así a su tramo decisivo con un país que comparte problemas, pero no una lectura común de sus causas ni de quién puede resolverlos.

Entre el deseo republicano de reforzar a Trump y la apuesta demócrata por contenerlo, las elecciones medirán también la resistencia de las instituciones y de los vínculos sociales. Stanger identifica un último punto de encuentro: el amor por el país. La dificultad consiste en convertir esa afirmación compartida en una disposición real a escuchar al adversario cuando el resultado electoral vuelva a dividir a Estados Unidos.