En Nueva York, objetos que durante años formaron parte del paisaje cotidiano del metro se han convertido en artículos de colección. Carteles de estaciones, asientos de plástico y tarjetas MetroCard fuera de circulación convocaron a miles de compradores en una feria organizada durante dos días de octubre por la Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA), bajo un puente elevado de Coney Island, en el sur de Brooklyn.
Una feria con tiempo limitado
La convocatoria atrae a unas 4.000 personas. Para ordenar el ingreso, cada visitante dispone de un máximo de 45 minutos, mientras otros esperan durante horas para entrar. La venta ofrece materiales retirados o deteriorados que, de otro modo, la MTA tendría que almacenar. Su director de programa, Paul Dvoskin, contó que hace cinco años la agencia convirtió la venta de carteles, hasta entonces dirigida sobre todo a coleccionistas, en una especie de feria de garaje abierta al público. La respuesta superó las expectativas.

La institución no informa cuánto recauda con el evento, por lo que su impacto económico no puede medirse a partir de los datos publicados. Sí queda claro su beneficio práctico: liberar espacio de almacenamiento y dar salida a objetos que perdieron su función en el sistema. La feria transforma así una tarea logística en una actividad pública que conecta el transporte con la memoria urbana.
Precios de colección, recuerdos de uso diario
La nostalgia tiene un costo considerable. Un cartel de tamaño mediano ronda los 500 dólares y las piezas más grandes pueden superar los 1.000. Cada asiento naranja de plástico, todavía presente en algunos vagones antiguos, se vende por unos 900 dólares. Las MetroCard amarillas, recién retiradas del mercado, cuestan seis dólares y ofrecen una alternativa más accesible para quienes quieren llevarse un recuerdo sin afrontar el precio de un asiento o una señal.
La demanda no responde únicamente a la rareza de los objetos. Para algunos compradores, su valor está en la relación directa con un lugar y una rutina: una estación recorrida durante años, un trayecto diario o una etapa de vida. Nori Juba, de 61 años, encontró un cartel de Grand Central con los números de las líneas que utiliza a diario. Reconoció que el metro es viejo y está desactualizado, pero dijo que esas imperfecciones también lo hacen singular. El metal gastado y el olor asociado a las estaciones, explicó, forman parte de lo que el objeto representa.
De la infraestructura a la identidad
El cineasta Spike Lee también acudió a la feria y compró un cartel de Penn Station, la parada vinculada al Madison Square Garden, donde juega su equipo favorito, los Knicks. Aunque dijo que ya no toma el metro para asistir a los grandes partidos, recordó los viajes que hacía de joven entre Fort Greene y Coney Island, donde estaba su escuela secundaria. Bromeó además con que nunca saltó los torniquetes.
La presencia de compradores con historias distintas —desde coleccionistas hasta personas que buscan decorar su casa— muestra cómo una infraestructura utilitaria puede adquirir valor cultural cuando se retira. Trinyce e Ijeoma, dos jóvenes llegadas de otras partes de Estados Unidos, disponían de 70 dólares para encontrar algo para su apartamento. Ijeoma describió su objetivo como llevarse “un pedacito de Nueva York” que también la representara en su nuevo hogar.
Ese atractivo convive con una tensión: los objetos se aprecian precisamente por las huellas de un sistema que muchos pasajeros critican por su ruido, suciedad, falta de puntualidad e inundaciones ocasionales. Convertidos en piezas domésticas, los carteles y asientos dejan de ser equipamiento y pasan a condensar recuerdos, pertenencia y una imagen reconocible de la ciudad. La feria no modifica el servicio ni sus problemas, pero revela que incluso sus elementos más gastados pueden ser considerados parte del patrimonio cotidiano de Nueva York.