La tregua energética que Donald Trump anunció para Rusia y Ucrania apenas había empezado a aplicarse cuando Kyiv denunció nuevos ataques rusos contra su infraestructura eléctrica. Volodímir Zelenski informó el domingo por la noche de impactos de drones en centrales de Kyiv y Járkiv, con cortes de electricidad en la capital. Moscú no había confirmado públicamente el acuerdo, y la sucesión de ataques dejó en cuestión tanto su alcance como su cumplimiento.
Un anuncio sin términos verificables
Trump aseguró el domingo que ambas partes habían aceptado detener de inmediato los ataques contra la infraestructura energética del adversario. No explicó cuánto duraría la pausa, qué instalaciones abarcaría ni cómo se comprobarían posibles infracciones. Zelenski dijo que la propuesta lo había tomado por sorpresa, aunque manifestó que Ucrania estaba dispuesta a abstenerse de golpear objetivos energéticos rusos y pidió a Washington que presionara al Kremlin para que asumiera el mismo compromiso.

Daños en Kyiv y en la región de Járkiv
Según Zelenski, drones rusos alcanzaron una central eléctrica de Kyiv y otra instalación en Járkiv, en el noreste del país. El presidente ucraniano afirmó que el cielo había estado lleno de drones Shahed, un modelo de diseño iraní empleado habitualmente por Rusia. Por separado, la empresa estatal Naftogaz informó el lunes de un ataque ruso contra instalaciones de producción de gas en la región de Járkov, que provocó un incendio. Estos episodios elevan el coste inmediato de la incertidumbre: la población depende de la continuidad de la electricidad y la calefacción, especialmente ante la proximidad del invierno.
La cautela europea y el precedente de septiembre
La jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, recibió el anuncio con reservas. Dijo que el bloque vería favorablemente una tregua si se mantiene, pero señaló que todavía no había pruebas de que Rusia fuera a respetarla. También sostuvo que una pausa debería proteger a las personas, no solo a las instalaciones. La cautela responde, en parte, a un antecedente cercano: el 14 de septiembre Trump afirmó que ambos países se habían comprometido a no atacar la infraestructura energética del otro, pero tampoco entonces detalló los términos y el compromiso no llegó a cumplirse.
En Luxemburgo, los Veintisiete aprobaron además 1.600 sanciones adicionales contra personas y entidades rusas vinculadas con la maquinaria de guerra, la mayor ampliación de la lista europea contra Rusia mencionada en el anuncio. La combinación de nuevas sanciones y una tregua sin mecanismos públicos de verificación muestra que la presión diplomática y la negociación avanzan en paralelo, sin que por ahora exista una garantía operativa para las redes energéticas.
La energía, objetivo militar y moneda de presión
Rusia ha atacado instalaciones energéticas ucranianas para reducir el acceso a electricidad, calefacción y agua corriente, con la expectativa de desgastar a la población y debilitar su resistencia. Ucrania, por su parte, ha golpeado refinerías y otros objetivos energéticos rusos, incluso lejos de la frontera, y esos ataques han contribuido a la escasez de combustible en Rusia. La reciprocidad de los ataques explica por qué una tregua limitada podría reducir daños, pero también por qué su aplicación requiere definir con precisión qué cuenta como objetivo energético y cómo se atribuye cada impacto.
El conflicto energético se cruza además con la política estadounidense. Trump ha responsabilizado a Zelenski del aumento del precio del diésel en Estados Unidos, pese a que el encarecimiento del combustible también se ha visto impulsado por la guerra contra Irán iniciada por Washington e Israel el 28 de febrero y por las alteraciones del comercio petrolero derivadas del cierre del estrecho de Ormuz. El sábado, Trump sugirió que Ucrania buscara otro líder capaz de pactar con Rusia, y el domingo el Financial Times informó, citando a funcionarios europeos, que Washington amenazaba con frenar el suministro de armas a Kyiv para que cesara sus ataques contra instalaciones energéticas rusas.
La tregua anunciada queda así sometida a tres presiones simultáneas: ataques que continúan, falta de condiciones públicas para medir el cumplimiento y uso de la ayuda militar como palanca política. Sin confirmación rusa y sin un mecanismo de supervisión aceptado por ambas partes, el anuncio de Trump no ofrece todavía una base verificable para anticipar una pausa duradera, justo cuando Ucrania y sus aliados europeos temen que el próximo invierno sea el más difícil de una guerra que ya supera los cuatro años y medio.