Riad debía convertirse esta semana en escaparate de la industria energética y las finanzas internacionales. En cambio, los ataques hutíes han colocado en primer plano una vulnerabilidad mucho más urgente: la incapacidad de Arabia Saudí para garantizar la seguridad de su capital y de infraestructuras esenciales. El aeropuerto Rey Khalid, que recibió cerca de 41 millones de pasajeros el año pasado, permanece cerrado desde el domingo, cuando un ataque causó un muerto. La semana anterior se habían registrado al menos otros cuatro ataques contra el aeródromo.
Una agenda internacional bajo amenaza
Las consecuencias ya se notan más allá del aeropuerto. Lufthansa, Air France y KLM cancelaron los vuelos previstos hacia y desde la capital, mientras Estados Unidos recomendó a sus ciudadanos evitar los desplazamientos al país. La interrupción también ha alcanzado el Congreso de Energía del Consejo Mundial del Petróleo, que se celebra en Riad: los máximos representantes de ExxonMobil, TotalEnergies, Shell, Chevron y BP no asistirán.

La ausencia de esos ejecutivos reduce el alcance de una cita pensada para reunir a las principales autoridades y compañías petroleras. También ensombrece la Iniciativa de Inversión de Futuro, el foro que la monarquía saudí organiza a finales de mes y que suele atraer a dirigentes y financieros internacionales. No se trata solo de una alteración logística: la seguridad condiciona la capacidad de Riad para proyectarse como sede fiable de encuentros globales.
El gasto militar no basta para blindar el territorio
La dimensión del golpe resulta más llamativa por los recursos que Arabia Saudí dedica a su defensa. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, el reino invirtió unos 83.100 millones de dólares en gasto militar el año pasado, equivalentes al 6,5% de su PIB. Una parte considerable de esas compras beneficia a Estados Unidos, principal proveedor de armamento saudí. El mes pasado, Washington acordó venderle 48 cazas F-35 por 24.300 millones de dólares.
Sin embargo, disponer de equipos avanzados no garantiza por sí solo la protección de objetivos dispersos ni permite interceptar cada amenaza. En las últimas semanas, drones y misiles hutíes han alcanzado instalaciones sensibles, incluidas refinerías y bases militares. El ministro de Energía, Abdulaziz bin Salman, reconoció durante la inauguración del congreso que la presencia de los participantes no significaba que el riesgo hubiese desaparecido. La advertencia expone la distancia entre la imagen de una potencia militar bien equipada y la seguridad efectiva que puede ofrecer a sus ciudadanos y visitantes.
La escasez de interceptores estrecha las opciones
La explicación de las fallas sigue sin estar clara. Una hipótesis señalada por el Wall Street Journal apunta a que la guerra de Irán ha reducido las reservas de interceptores saudíes. Según el diario, oficiales del reino admiten que no cuentan con munición antimisiles suficiente para cubrir todo el territorio. Si esa evaluación es correcta, el problema no sería únicamente detectar los ataques, sino sostener durante el tiempo necesario una defensa capaz de responder a varias amenazas.
La escasez también ayuda a entender por qué los sistemas sofisticados pueden resultar insuficientes: las defensas aéreas requieren reservas disponibles, coordinación y capacidad para priorizar objetivos. Proteger simultáneamente aeropuertos, instalaciones energéticas, bases y centros urbanos exige recursos continuos. Las informaciones citadas por el diario añaden que el príncipe heredero Mohamed bin Salman se ha desplazado entre búnkeres acompañado por escoltas seleccionadas. Ese dato, atribuido a fuentes oficiales, refleja la gravedad que los responsables saudíes conceden a la amenaza, aunque no resuelve las dudas sobre el alcance real de las carencias defensivas.
Entre escalar la guerra o negociar
Riad afronta así una disyuntiva con costes en ambas direcciones. Puede intensificar su intervención en Yemen junto al Gobierno reconocido, pero una escalada no asegura la derrota de los hutíes, respaldados por Irán, y podría provocar nuevos ataques contra infraestructuras saudíes. La alternativa es negociar con los insurgentes, con el riesgo de aceptar concesiones difíciles y de que cualquier acuerdo se interprete como incentivo para presionar de nuevo.
La crisis revela, por tanto, algo más profundo que una brecha puntual en la defensa: la capacidad de disuasión depende tanto de las armas adquiridas como de las municiones disponibles, la protección de múltiples objetivos y las decisiones políticas que siguen a cada ataque. Para una monarquía cuya influencia se apoya en la energía y en su proyección internacional, la inseguridad en Riad amenaza ambos activos. Y la reticencia de Estados Unidos a implicarse en el conflicto reduce el margen saudí para confiar en que su principal proveedor convierta esa superioridad material en protección inmediata.