Los hábitos cotidianos que pueden acelerar el desgaste del auto, según un mecánico

Los hábitos cotidianos que pueden acelerar el desgaste del auto, según un mecánico

Muchas averías no empiezan con un ruido repentino ni con una alerta en el tablero. En numerosos casos, el desgaste se construye a partir de maniobras breves que se repiten durante meses o años: estacionar siempre con la dirección al límite, arrancar sin desacoplar la transmisión o exigir potencia cuando el motor todavía está frío. El mecánico español Jesús señala que esos gestos no suelen romper un vehículo de manera inmediata, pero sí pueden aumentar los esfuerzos sobre piezas diseñadas para trabajar dentro de determinados márgenes.

La dirección no debería quedar al límite durante horas

El primer punto de atención aparece al estacionar con las ruedas completamente giradas. Cuando se alcanza el extremo de la dirección, varios componentes quedan sometidos a una posición forzada, con elementos flexibles contraídos o estirados durante todo el tiempo que el vehículo permanece detenido. La recomendación de Jesús es sencilla: siempre que el espacio y las condiciones lo permitan, conviene dejar las ruedas rectas antes de apagar el auto.

La razón no es que una sola maniobra vaya a destruir la dirección. El riesgo está en la repetición. Los fuelles, gomas y otras protecciones pueden deteriorarse antes de tiempo cuando permanecen expuestos de forma habitual a una tensión extrema. Si esas piezas se agrietan o pierden su capacidad de sellado, el polvo, el agua y la suciedad pueden llegar a zonas que deberían mantenerse aisladas. El daño, por tanto, sigue una cadena gradual: una posición exigente acelera el deterioro de una protección y esa pérdida abre la puerta a problemas posteriores en componentes más costosos.

Los hábitos cotidianos que pueden acelerar el desgaste del auto, según un mecánico

La excepción está en las pendientes

La recomendación de dejar las ruedas rectas no debe aplicarse de manera automática cuando el vehículo queda estacionado en una pendiente. En ese escenario, orientar las ruedas hacia el cordón o en sentido contrario, según la posición del auto y la dirección de la inclinación, puede reducir el riesgo de que avance si falla el sistema que lo mantiene inmovilizado. La prioridad deja de ser minimizar el esfuerzo sobre los componentes de la dirección y pasa a ser contener un posible desplazamiento.

Esta excepción muestra por qué el mantenimiento no puede reducirse a una lista rígida de gestos correctos e incorrectos. El contexto modifica la decisión. En una superficie plana, mantener las ruedas rectas ayuda a evitar tensiones innecesarias; en una pendiente, la orientación adecuada de las ruedas funciona como una medida adicional de seguridad. El freno de estacionamiento y la posición de la transmisión siguen siendo fundamentales, pero la dirección puede aportar una barrera más si el vehículo comienza a moverse.

El embrague reduce cargas en los momentos más delicados

El segundo hábito está dirigido a quienes conducen vehículos con caja manual: pisar el embrague tanto al arrancar como al apagar el motor, incluso cuando la palanca está en punto muerto. Al presionar el pedal se desacopla el motor de una parte de la transmisión, de modo que el sistema necesita mover menos elementos durante el arranque y recibe menos vibraciones en ese instante.

Jesús vincula esta práctica especialmente con el volante bimasa, una pieza presente en numerosos modelos y diseñada para absorber las vibraciones que genera el motor antes de que lleguen a la caja de cambios. Pisar el embrague no elimina el desgaste ni convierte al componente en una pieza permanente, pero puede disminuir esfuerzos que no aportan nada al funcionamiento del vehículo. La lógica es preventiva: reducir pequeñas cargas repetidas puede retrasar el momento en que aparecen holguras, ruidos o la necesidad de una reparación.

Antes de arrancar, el mecánico también aconseja dar contacto y esperar unos segundos. Ese intervalo permite que se enciendan los testigos y que las unidades electrónicas completen sus comprobaciones iniciales. No existe, sin embargo, una secuencia idéntica para todos los autos. La configuración del modelo y las instrucciones del fabricante deben prevalecer, especialmente en vehículos modernos con sistemas electrónicos más complejos.

Los primeros diez minutos exigen una conducción distinta

El tercer gran momento de cuidado aparece después del arranque. Jesús resume su consejo con una frase deliberadamente gráfica: durante los primeros minutos hay que tratar al auto como si pudiera romperse. La indicación no significa conducir con temor, sino evitar aceleraciones bruscas, regímenes elevados y demandas intensas de potencia mientras el conjunto mecánico todavía no alcanza su temperatura normal.

El período sensible puede abarcar aproximadamente los primeros ocho o diez minutos de recorrido, aunque depende de la temperatura exterior, del tipo de motor, del aceite utilizado y de las condiciones de circulación. La lubricación es central en esta etapa. El aceite necesita distribuirse por las distintas zonas del motor para protegerlas de manera adecuada, y ese proceso no se completa de forma instantánea. Por eso, la referencia de esperar unos 30 segundos después del arranque antes de iniciar la marcha busca facilitar la circulación inicial del lubricante.

Una vez comenzado el recorrido, lo más razonable es aumentar la exigencia de forma progresiva. Calentar el motor mientras se conduce suavemente suele ser más útil que dejarlo mucho tiempo funcionando al ralentí, siempre que el manual del vehículo no establezca otra pauta. La temperatura del refrigerante tampoco cuenta toda la historia: algunas piezas internas y el propio aceite pueden tardar más en alcanzar sus condiciones óptimas.

Los consejos reunidos por Jesús tienen un mismo fundamento: el automóvil tolera muchas maniobras ocasionales, pero responde peor a los esfuerzos innecesarios convertidos en rutina. Dejar la dirección recta cuando no hay una pendiente que lo desaconseje, usar el embrague en los momentos de arranque y apagado y conducir con suavidad en frío no garantiza que desaparezcan las averías. Sí permite, en cambio, limitar tensiones evitables y prestar atención a las condiciones concretas de cada vehículo, que siguen siendo la referencia principal para su cuidado.