Lula apuesta a la movilización para revertir el resultado ante el avance bolsonarista

Lula apuesta a la movilización para revertir el resultado ante el avance bolsonarista

La elección presidencial brasileña llega al balotaje atravesada por una disputa que excede la competencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. El resultado definirá si Brasil conserva una política exterior orientada a preservar su autonomía y actúa como contrapeso regional al trumpismo, o si el bolsonarismo recupera el poder con respaldo explícito de sectores vinculados al presidente estadounidense Donald Trump. Para Lula, que está a dos días de cumplir 81 años, la contienda representa además la posibilidad de cerrar su trayectoria política con una nueva victoria, después de haber quedado por debajo de las expectativas en la primera vuelta.

La dimensión internacional de la elección se percibe con especial intensidad en San Pablo. En los actos callejeros de la derecha aparecen banderas de Estados Unidos e Israel junto con los símbolos de la campaña bolsonarista, mientras el debate local incorpora referencias al modelo económico de Javier Milei en Argentina. La discusión sobre un supuesto “cambio”, presentado por los opositores a Lula como una mudanza necesaria frente al deterioro económico y político, se convirtió en uno de los principales argumentos del voto antioficialista.

Una elección bajo presión externa

La influencia de Washington se manifestó durante la campaña mediante distintas medidas y señales políticas. La Casa Blanca aplicó aranceles a productos brasileños, canceló la visa de la embajadora y designó como organizaciones terroristas a grupos criminales locales. A esas decisiones se sumaron los mensajes de Trump en favor de Flávio Bolsonaro y la gestión de recursos realizada por Eduardo Bolsonaro, quien permanece prófugo en Estados Unidos.

El clan Bolsonaro ofreció, a cambio, facilitar el acceso de empresas estadounidenses a sectores estratégicos, incluidos los minerales de tierras raras, y respaldar el llamado “Escudo de las Américas”, una alianza política impulsada alrededor de gobiernos alineados con Trump. La promesa expone uno de los ejes centrales de la disputa: mientras el bolsonarismo presenta el apoyo estadounidense como una vía para sacar al país de la crisis, el oficialismo lo interpreta como una amenaza a la soberanía nacional.

“Está en juego nuestra democracia, pero también nuestra soberanía”, resumió Livia, una vendedora ambulante consultada en San Pablo. En el extremo opuesto, Felipe, conductor de Uber, defendió el respaldo de Trump y afirmó que Brasil necesita un cambio similar al que, según su lectura, está ocurriendo en Argentina. Las posiciones reflejan una polarización que combina preocupaciones internas con la competencia geopolítica por la orientación del país más grande de América Latina.

Lula apuesta a la movilización para revertir el resultado ante el avance bolsonarista

La disputa se trasladó a las plataformas

La intervención de actores externos no quedó limitada a la diplomacia y al comercio. La campaña de Lula denunció que Meta manipuló los algoritmos de Instagram y Facebook para favorecer al candidato de la extrema derecha. El Tribunal Electoral ordenó a la empresa modificar su conducta, aunque la compañía negó haber aplicado un trato desigual y atribuyó lo ocurrido a “incidentes técnicos”.

El episodio volvió a colocar en el centro el poder político de las grandes plataformas digitales. La primera vuelta había mostrado la eficacia de ese terreno para la derecha: los dos candidatos más votados de todo Brasil fueron Lucas Pavanato y Nikolas Ferreira, jóvenes influencers vinculados al bolsonarismo. Sus resultados confirmaron que la capacidad de instalar mensajes, movilizar comunidades y convertir visibilidad digital en votos ya forma parte de la estructura principal de las campañas.

Frente a ese escenario, el comando de Lula modificó de manera sustancial su estrategia para el balotaje. Incorporó a jóvenes diputados electos, como Ana Elisa Santos, de 21 años, reforzó los videos breves grabados en formato de selfie y otorgó un papel central al diputado André Janones. Su principal herramienta fue “el Ejército de Lula”, un grupo de WhatsApp que superó los nueve millones de integrantes.

El contenido también cambió. La campaña oficialista concentró sus mensajes en reconstruir la trayectoria de Flávio Bolsonaro, recordar la gestión de su padre, Jair Bolsonaro, y advertir sobre las consecuencias que atribuye a un eventual regreso del bolsonarismo: recortes sociales, debilitamiento de las instituciones y retrocesos democráticos. Lula, además, buscó asociar a sus adversarios con Milei y convirtió esa comparación en un recurso recurrente durante los debates.

Movilización callejera y oferta social

La reacción contra la extrema derecha no se limitó a las redes. Un movimiento ciudadano espontáneo desbordó a las estructuras partidarias y sindicales mediante concentraciones, actividades territoriales y acciones de micromilitancia. En el campo oficialista se reconoce que esa energía no estuvo presente con la misma intensidad durante la primera vuelta, una autocrítica que impulsó la reorganización de la campaña en los últimos días.

El cierre previsto para este sábado en la avenida Paulista fue presentado por sus organizadores como la mayor concentración política de las últimas décadas. Rodrigo Suñe, integrante de la coordinación nacional del Movimiento Sin Tierra, atribuyó las posibilidades de Lula a la combinación de movilización social y una ofensiva programática capaz de instalar temas concretos en el debate.

Entre las medidas recientes que fortalecieron el discurso oficialista figuran la aprobación en el Senado de una reducción de la jornada laboral, el aumento del 15% del programa Bolsa Familia, beneficios para familias endeudadas y una rebaja de impuestos a los combustibles. También se incorporó la propuesta de transporte gratuito durante los fines de semana. El gobierno busca que esas iniciativas funcionen como evidencia de una agenda económica y social diferenciada, frente a la apelación opositora al cambio como consigna general.

La incógnita es si esa combinación de políticas públicas, movilización territorial y ofensiva digital alcanzará para producir una remontada. Desde que Brasil adoptó el balotaje, nunca se registró una “virada” de esas características. Lula enfrenta así una paradoja: llega a la definición con el desgaste propio del gobierno y la edad, pero también con una experiencia política construida sobre recuperaciones improbables. El desenlace determinará no sólo quién ocupará el Palacio del Planalto, sino qué lugar tendrá Brasil en el equilibrio regional entre soberanía, democracia y alineamiento con Washington.