Luiz Inácio Lula da Silva volvió a ganar una elección presidencial brasileña y confirmó, más de medio siglo después de iniciar su trayectoria sindical, que continúa siendo una figura central de la política latinoamericana. Su victoria en segunda vuelta frente a Flávio Bolsonaro, senador de Río de Janeiro e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, no solo prolonga su presencia en el poder: también reabre el debate sobre qué parte de su legado pertenece a Lula como dirigente y cuál depende de la capacidad de la izquierda para sobrevivirle políticamente.
Cuatro triunfos después de tres derrotas
El dato que mejor resume la carrera electoral de Lula es el balance de cuatro victorias y tres derrotas. Antes de llegar al Palacio de la Alvorada, perdió en 1989 frente a Fernando Collor, y volvió a ser derrotado por Fernando Henrique Cardoso en 1994 y 1998. Aquellos fracasos no lo apartaron de la vida pública; por el contrario, consolidaron su papel como principal referencia de la oposición y le permitieron transformar una candidatura inicialmente asociada al sindicalismo en una alternativa de gobierno.
La llegada a la presidencia en 2002, cuando tenía 57 años, fue el resultado de casi dos décadas de acumulación política. Lula se convirtió entonces en el primer mandatario brasileño surgido directamente de la clase obrera, una condición que modificó el lenguaje y las prioridades del poder federal. Su nuevo triunfo, obtenido a una edad avanzada y después de años de desgaste, demuestra su extraordinaria resistencia electoral, pero también evidencia que su liderazgo continúa siendo difícil de sustituir dentro de la izquierda brasileña.

De la fábrica al centro del Estado
La autoridad política de Lula se construyó antes de cualquier cargo institucional. Nacido en 1945 en una familia pobre de Pernambuco, emigró con su madre y sus hermanos hacia la zona industrial de São Paulo. Comenzó a trabajar a los 14 años y, en 1964, perdió el dedo meñique de la mano izquierda en un accidente mientras se desempeñaba como tornero. Esa experiencia de trabajo industrial se convirtió en un componente esencial de su identidad pública y en la base de un discurso que vinculaba la democracia con la mejora concreta de las condiciones laborales.
Como dirigente metalúrgico, encabezó en 1979 una huelga que movilizó a unos 170.000 trabajadores durante la dictadura militar. Un año después participó en la fundación del Partido de los Trabajadores, organización que reunió a sindicalistas, intelectuales y sectores de la izquierda. El PT fue el instrumento que permitió trasladar las reivindicaciones sociales desde las fábricas hasta las instituciones, aunque su crecimiento también lo convirtió en protagonista de las disputas más profundas de la democracia brasileña.
El ascenso de Lula, por tanto, no puede explicarse únicamente por su carisma personal. Fue también la expresión de una transformación social: la incorporación de sectores populares organizados a la competencia por el poder nacional. Esa conexión con el mundo del trabajo sigue siendo una de sus principales ventajas frente a adversarios que representan, en mayor medida, tradiciones políticas vinculadas a las élites económicas o a la reacción conservadora.
Un legado social inseparable de la ola rosa
Durante sus dos primeros mandatos, entre 2003 y 2010, Lula impulsó una expansión de las políticas de asistencia a los hogares más pobres. Bolsa Família se convirtió en el emblema de una estrategia que combinó transferencias sociales, crecimiento económico y una coyuntura internacional favorable por el auge de las materias primas. La reducción de la pobreza y la ampliación de la protección social le permitieron construir una base popular amplia y proyectar a Brasil como una potencia con mayor capacidad de influencia regional.
Su figura quedó asociada a la llamada ola rosa latinoamericana, el ciclo de gobiernos de izquierda que marcó los primeros años del siglo XXI. Lula añadió a esa corriente una defensa del multilateralismo y de los intereses del Sur Global, lo que reforzó el peso internacional de Brasil. Sin embargo, la experiencia también mostró una dependencia significativa de las condiciones económicas externas: sostener programas sociales ambiciosos exige crecimiento, ingresos fiscales y capacidad de negociación con sectores empresariales y políticos diversos.
En su tercer mandato, el regreso de programas emblemáticos reafirmó la vigencia de esa herencia, pero no reprodujo automáticamente las condiciones de su primera etapa. La polarización, el menor margen político y el desgaste acumulado limitan la posibilidad de gobernar mediante el mismo consenso social. La estrecha diferencia de la nueva victoria sugiere que el legado de Lula conserva fuerza, aunque ya no opera en un escenario de aceptación mayoritaria.
La prisión no borró la controversia
La trayectoria de Lula también está marcada por una contradicción que sus victorias no han resuelto. Los escándalos de corrupción que afectaron a su gobierno y al PT dañaron su credibilidad y alimentaron una polarización que Jair Bolsonaro convirtió en una de las bases de su ascenso. En 2018, una condena por corrupción llevó a Lula a prisión y le impidió competir en las elecciones que ganó Bolsonaro. Permaneció 580 días encarcelado, convertido para sus adversarios en símbolo de responsabilidad política y, para sus seguidores, en emblema de una persecución judicial.
En 2021, el Supremo anuló sus condenas por errores de procedimiento y cuestionamientos a la imparcialidad del juez. La decisión restituyó sus derechos políticos y abrió el camino para su regreso electoral, pero no eliminó las controversias ni convenció a sus críticos. En 2022, Lula derrotó por un margen estrecho a Jair Bolsonaro y se convirtió en el primer presidente brasileño elegido democráticamente para ejercer tres mandatos no consecutivos.
Ahora, la victoria frente a Flávio Bolsonaro confirma la capacidad del lulismo para resistir, pero no resuelve su principal interrogante: qué ocurrirá cuando Lula deje de competir. El mandatario ya había anticipado que no volvería a presentarse. Su resultado prolonga una influencia construida durante más de cinco décadas, mientras el bolsonarismo conserva una base política capaz de disputar el rumbo del país. El futuro de la izquierda brasileña dependerá de si logra convertir el legado social de Lula en un proyecto colectivo y democrático, en lugar de mantenerlo atado exclusivamente a la figura del dirigente que, hasta ahora, ha demostrado ser insustituible.