Menopausia, músculo y energía: por qué la proteína no basta para cuidar la salud

Menopausia, músculo y energía: por qué la proteína no basta para cuidar la salud

La menopausia ha quedado atrapada entre dos simplificaciones opuestas: atribuir todos los cambios corporales a las hormonas o convertir cualquier diferencia fisiológica en una invitación a comprar una dieta específica. Anna Serra, nutricionista clínica y deportiva de Barcelona, propone una lectura más completa. La transición menopáusica puede traer sofocos, peor sueño, cansancio, cambios en la distribución de la grasa y más dificultad para conservar la masa muscular, pero ninguno de esos fenómenos debe analizarse al margen de la alimentación, la actividad física, el descanso, el estrés y el contexto personal.

La fisiología femenina no cabe en una “dieta hormonal”

El primer anclaje de la conversación es también el más importante: reconocer la fisiología femenina no equivale a diseñar una alimentación gobernada por las hormonas. La literatura científica relaciona la transición menopáusica, especialmente, con una redistribución de la grasa hacia la zona abdominal. Sin embargo, los cambios de peso y composición corporal también están condicionados por la edad, el nivel de actividad, el sueño y el estilo de vida.

La distinción tiene consecuencias prácticas. Si cada transformación se explica únicamente por la caída hormonal, se corre el riesgo de ignorar factores modificables y de presentar soluciones comerciales como respuestas inevitables. Serra plantea una evaluación individual: qué come la persona, cuánto se mueve, cómo descansa y qué nivel de estrés soporta. Las hormonas forman parte de la ecuación, pero no agotan la ecuación.

Para una mujer de mediana edad, la base sigue siendo una alimentación suficiente y de calidad, con proteínas adecuadas, frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y grasas saludables. El calcio y la vitamina D adquieren una relevancia particular por su relación con la salud ósea, aunque no sustituyen al conjunto de hábitos que sostienen el organismo.

Menopausia, músculo y energía: por qué la proteína no basta para cuidar la salud

La fuerza es el punto de encuentro entre músculo y hueso

El segundo anclaje está en el ejercicio de fuerza. No se trata solo de una herramienta estética ni de una respuesta a la pérdida de masa muscular: también es una intervención relevante para la capacidad funcional y la salud ósea. Un metaanálisis publicado en 2024 en Climacteric, que revisó 12 ensayos clínicos, observó mejoras significativas en la fuerza y la capacidad física de mujeres posmenopáusicas que realizaban entrenamiento de resistencia.

La evidencia sobre el hueso apunta en la misma dirección, aunque exige cautela. Otro metaanálisis, publicado en 2025 a partir de 17 ensayos y 690 participantes, encontró mejoras en la densidad mineral ósea de la zona lumbar, el cuello femoral y la cadera. Sus autores, no obstante, advirtieron sobre la heterogeneidad de los estudios. El dato respalda el entrenamiento, pero no permite prometer resultados idénticos para todas las mujeres.

Serra sitúa el ejercicio dentro de un sistema: fuerza progresiva, movimiento cotidiano y actividad cardiovascular deben acompañarse de suficiente energía, proteína y recuperación. Ganar músculo es un proceso lento. Comer más proteína y entrenar un par de días por semana no garantiza cambios importantes en pocos meses, especialmente cuando la persona ya tiene experiencia. La progresión suele hacerse más lenta cuanto mayor es el nivel de entrenamiento.

Más proteína no corrige una alimentación insuficiente

El tercer anclaje desmonta una de las ideas más extendidas en la nutrición deportiva amateur: que aumentar la proteína resuelve por sí solo la conservación o la ganancia muscular. En personas activas, Serra maneja de forma orientativa entre 1,4 y 2 gramos de proteína por kilo de peso corporal al día, según la edad, el objetivo y el entrenamiento. Alcanzar el extremo superior no es una necesidad universal.

El músculo necesita también estímulo, energía y descanso. El miedo a los hidratos de carbono puede dejar sin combustible a quien entrena, mientras que eliminar grasas saludables empobrece la dieta. La calidad nutricional no aparece por añadir un batido a una alimentación desequilibrada. La proteína en polvo puede ser útil cuando facilita cubrir las necesidades, pero es una herramienta práctica, no el fundamento de la estrategia.

El error que más preocupa a la especialista es entrenar mucho y comer poco. Una disponibilidad energética baja mantenida en el tiempo significa que, después de descontar el gasto del ejercicio, no queda suficiente energía para sostener adecuadamente las funciones del organismo. Esto puede perjudicar la recuperación, el rendimiento y la salud. La advertencia cobra especial importancia cuando se utilizan fármacos para perder peso que reducen notablemente el apetito: perder kilos no debería implicar sacrificar fuerza y masa muscular.

Suplementos y datos: útiles solo cuando sirven a la persona

El cuarto anclaje se refiere a la tecnología y los suplementos, dos ámbitos en los que la promesa suele crecer más rápido que la necesidad real. Serra considera que la creatina monohidratada, en dosis de entre 3 y 5 gramos diarios, es uno de los complementos con mayor respaldo en el deporte. Los electrolitos pueden tener sentido en sesiones largas, con calor o con mucha sudoración. El magnesio y el colágeno, en cambio, requieren valorar el caso concreto.

La misma prudencia aplica a las estrategias de moda. Entrenar en ayunas no es necesariamente perjudicial, pero tampoco constituye un mecanismo mágico para perder grasa. Reducir los hidratos por la noche puede ayudar a algunas personas si disminuye la ingesta total y resulta sostenible; convertirlo en una regla general carece de fundamento. La pérdida de grasa depende del patrón completo, no de demonizar una hora del día.

Contar calorías, pasos, glucosa o sueño también puede aportar información, sobre todo en contextos deportivos específicos. Pero los datos dejan de ser una ayuda cuando controlan la conducta: no poder comer sin pesar los alimentos, descansar sin culpa o entrenar sin mirar las calorías gastadas. Desde los 20 hasta los 65 años, la prioridad cambia de matiz, pero conserva una lógica: aprender a comer sin dietas restrictivas, preservar músculo mediante fuerza y proteína, y mantener la actividad suficiente para proteger la independencia y la calidad de vida.