Mercados de Barrio en La Habana: una rebaja que no alcanza al bolsillo vecinal

Mercados de Barrio en La Habana: una rebaja que no alcanza al bolsillo vecinal

El nuevo Mercado de Barrio de la calle Ermita, entre Conill y Tulipán, abrió el sábado en el municipio habanero de Plaza de la Revolución. Dos días después, el local estaba bien surtido y sin colas, pero algunos vecinos entraban, consultaban los precios y se marchaban sin comprar. La escena resume el principal problema de estos establecimientos: la variedad puede mejorar, pero los descuentos anunciados apenas modifican el acceso a los productos.

El comercio ocupa la antigua Bodega 043 y lo gestiona la mipyme El Titán de Tulipán. Una jubilada preguntó por los productos normados al ver un cartel que aún los anunciaba. La administradora le explicó que esa categoría ya no se vendía allí y que el rótulo debía retirarse. En cambio, el mercado ofrece alimentos frescos y empaquetados, artículos de aseo, perfumes, pequeños electrodomésticos y equipos de climatización.

Mercados de Barrio en La Habana: una rebaja que no alcanza al bolsillo vecinal

Descuentos frente a precios difíciles de asumir

La diferencia con otros comercios privados se sitúa, según el anuncio oficial, entre el 10% y el 15%. En la tablilla del establecimiento aparecen tanto el precio de venta como uno de referencia: el kilogramo de arroz cuesta 900 pesos frente a 1.050; el frijol negro, 950 frente a 1.250; el paquete de café de 250 gramos, 2.600 frente a 2.800, y el cartón de huevos, 4.200 frente a 4.800.

También se ofrecen butifarra a 1.000 pesos, lomo de cerdo a 2.150 la libra y picadillo de pollo a 700. La rebaja resulta más visible en algunos productos que en otros, pero el precio final sigue siendo la referencia decisiva para hogares con ingresos limitados. Un cliente señaló que el tabaco Reloba costaba 135 pesos, apenas 15 menos que en comercios particulares, y cuestionó el precio de un producto fabricado en Cuba.

Los artículos no alimentarios amplían la oferta, aunque sus precios acentúan la distancia entre disponibilidad y capacidad de compra: las ollas arroceras se venden a 24.000 pesos, las batidoras Silver Crest a 32.000, las bombas de agua a 40.000 y los equipos split a 220.000. Una joven criticó la duración de perfumes de imitación vendidos a 3.000 pesos. La amplitud del surtido, por tanto, no equivale por sí sola a una mejora efectiva del consumo.

La promesa de un modelo mixto, bajo presión

A comienzos de agosto, el Gobierno aprobó normas para incorporar a operadores privados al comercio mediante un modelo mixto, con mercados de abasto y establecimientos de barrio. La iniciativa acompañaba el fin del monopolio estatal en bodegas y mercados mayoristas y se presentó como una vía para ampliar el surtido y ofrecer precios inferiores. Sin embargo, la apertura del local de Ermita muestra la tensión entre ese objetivo y un mercado donde la inflación persiste y el desabastecimiento sigue condicionando las compras.

La crítica no procede únicamente de los consumidores. En un artículo difundido por Radio 26 de Matanzas, el periodista oficialista José Miguel Solís sostuvo que un comercio cuyos precios no puede pagar el vecindario no pertenece realmente a ese vecindario. Recordó la promesa de ofrecer 20 productos básicos con precios hasta un 15% inferiores a los de otros privados y afirmó que esa reducción choca con los bolsillos de jubilados y trabajadores.

Quién recibe el beneficio de la rebaja

Solís cuestionó además que la competencia se presente como respuesta a la desigualdad cuando el acceso depende de la capacidad de pago. También apuntó a las bonificaciones del 5% en el impuesto sobre las ventas, las exenciones para ciertos intercambios mayoristas con entidades estatales y hasta dos años de arrendamiento gratuito de locales, prorrogables si hay inversión. Según su planteamiento, el Estado renuncia a ingresos sin que el ahorro llegue necesariamente al consumidor.

El contraste define el desafío de estos mercados: pueden aprovechar locales existentes y abastecerlos mejor que las antiguas bodegas, pero su legitimidad dependerá de que la reducción de costes se refleje de manera perceptible en los precios. Mientras tanto, un surtido mayor convive con productos inaccesibles para una parte de la población, y la distancia entre la promesa de proximidad y la experiencia de compra sigue abierta.