Nova y la carretera 232: tres años después, el escenario de la masacre convertido en memoria

Nova y la carretera 232: tres años después, el escenario de la masacre convertido en memoria

Tres años después del ataque del 7 de octubre de 2023, el lugar donde se celebraba el Festival Nova y la carretera 232 siguen funcionando como espacios de duelo, documentación y memoria en el sur de Israel. El desierto del Neguev, donde cientos de jóvenes acudieron a bailar y fueron sorprendidos por la ofensiva de Hamás, está cubierto hoy de fotografías, piedras conmemorativas, objetos personales y mensajes dedicados a quienes murieron.

La transformación de estos lugares no responde únicamente a la necesidad de recordar. También refleja la forma en que una sociedad intenta reconstruir una secuencia de hechos traumáticos a partir de los escenarios que quedaron atrás: un escenario de conciertos, refugios antimisiles, vehículos calcinados, una ambulancia y una carretera utilizada por miles de personas para tratar de escapar.

El festival convertido en un espacio de duelo

El recinto del Festival Nova se ha convertido en un memorial al aire libre. La iniciativa comenzó con familiares que plantaron árboles en el lugar. Con el tiempo, aparecieron carteles con los rostros de las 378 víctimas, fotografías de gran formato y objetos vinculados a sus vidas: peluches, velas, tablas de surf y pertenencias que pertenecieron a jóvenes asesinados mientras intentaban huir.

De las personas fallecidas en el festival, 344 eran civiles. Entre ellas estaba Kim Damti, una joven irlandesa-israelí de 22 años. Las otras 34 víctimas pertenecían a las fuerzas de seguridad, incluidos militares fuera de servicio que habían acudido como asistentes. La distinción permite dimensionar la naturaleza indiscriminada del ataque: el lugar reunía a civiles desarmados, personal de seguridad y personas que buscaban refugio sin disponer de una vía segura de evacuación.

Nova y la carretera 232: tres años después, el escenario de la masacre convertido en memoria

En la zona central del memorial, una recreación artística formada por cientos de anémonas recuerda a las kalaniot, las flores que brotan en primavera en el Neguev y que se han convertido en un símbolo de resistencia y recuerdo. Cerca del antiguo aparcamiento, grandes murales muestran los rostros de las víctimas. En el escenario principal permanecen elementos de las instalaciones del festival, acompañados por imágenes y por una promesa escrita: la felicidad de quienes bailaban con sus amigos no será olvidada.

Refugios que dejaron de significar protección

Uno de los elementos más elocuentes del memorial son los refugios antimisiles. Estas estructuras, habituales en una zona expuesta a los cohetes lanzados desde Gaza, debían ofrecer una posibilidad de supervivencia. Durante el ataque, sin embargo, algunos se convirtieron en espacios cerrados donde los jóvenes quedaron atrapados frente a los terroristas.

El refugio trasladado al recinto conmemorativo recuerda el caso de Ron Shemer y Dan Ariel, atacados con granadas mientras trataban de protegerse. También permanece el contenedor de basura en el que se escondieron 16 jóvenes. Tras varias horas ocultos, un terrorista abrió fuego contra ellos; solo cuatro sobrevivieron. La conservación de estos objetos permite entender que la violencia no se concentró en un único punto, sino que se extendió por cada tramo del recinto y por los lugares que, en condiciones normales, habrían ofrecido una oportunidad de escapar.

La superviviente Mazal Tazazo aparece ante el cartel dedicado a Danielle y Yohai, los dos amigos con los que asistió al festival y que fueron asesinados. La presencia de testimonios y fotografías convierte el memorial en algo más que una exposición de nombres: también muestra redes de amistad, profesiones, edades y proyectos interrumpidos.

La carretera 232 y la dimensión del ataque

A poca distancia del festival, el depósito de Tkuma reúne cientos de vehículos destruidos o abandonados en la carretera 232, conocida desde entonces como la “carretera de la muerte”. Alrededor de 1.600 vehículos fueron trasladados allí para despejar una vía esencial, recuperar posibles restos y facilitar el acceso militar y de los servicios de emergencia a las zonas más afectadas.

El depósito nació como una solución logística, pero terminó adquiriendo un valor memorial propio. Los coches amontonados muestran la escala de la huida y la imposibilidad de muchas personas de alcanzar un lugar seguro. Se calcula que 283 personas fueron asesinadas a lo largo de la carretera, donde grupos armados se apostaron para interceptar a quienes escapaban.

Entre los vehículos conservados está el de Ben Shimoni, de 31 años. Después de ponerse a salvo, regresó para intentar rescatar a otras personas del festival y murió en una emboscada junto a dos acompañantes. También se exhibe el coche de Omri Ram, de 28 años, quien intentó huir con los dos amigos con los que había acudido al Nova. Los tres fueron asesinados durante la fuga.

Objetos que documentan rescates y secuestros

La ambulancia que prestaba asistencia sanitaria al festival ocupa un lugar central en el depósito. Dieciocho personas trataron de utilizarla como refugio, pero un lanzagranadas RPG provocó un incendio en el vehículo y todos murieron calcinados. La escena resume una de las características más brutales del ataque: incluso los medios destinados a proteger y evacuar a los heridos podían transformarse en trampas.

El depósito conserva además vehículos utilizados por los atacantes para entrar en Israel desde Gaza. Entre los automóviles expuestos está el de Ori Danino, secuestrado por Hamás y desaparecido desde entonces. Danino había conseguido ponerse a salvo, pero decidió regresar al festival para ayudar a otras personas a escapar. Su coche representa así dos dimensiones inseparables del 7 de octubre: la magnitud del ataque y las decisiones individuales de quienes volvieron al peligro para intentar salvar a desconocidos.

La carretera, los refugios y los vehículos forman una geografía de la memoria que complementa los testimonios de los supervivientes. Cada espacio aporta una parte distinta de la misma historia: el festival muestra la vida cotidiana destruida; los refugios, la búsqueda desesperada de protección; y los coches, el intento de huida que en muchos casos terminó antes de llegar a un lugar seguro.

Memoria, duelo y una herida todavía abierta

En los carteles del memorial también aparecen adhesivos dedicados a otras víctimas del 7 de octubre y a soldados muertos posteriormente en la ofensiva de Gaza. Esa superposición revela cómo los lugares de recuerdo del sur de Israel han terminado reuniendo distintas fases de una guerra prolongada. El duelo por quienes murieron en el festival convive con el de otras familias, mientras el conflicto sigue condicionando la forma en que se interpreta y se conserva este territorio.

Tres años después, el antiguo recinto del Nova y el depósito de Tkuma no son únicamente lugares para mirar hacia atrás. Funcionan como archivos físicos de una jornada cuya comprensión depende de detalles concretos: los nombres, los objetos, las rutas de escape y los vehículos que quedaron abandonados. La memoria se mantiene allí mediante elementos materiales que impiden reducir la masacre a una cifra y devuelven una identidad individual a quienes fueron asesinados.