El riesgo nuclear vuelve a ocupar un lugar central en la agenda internacional, pero las condiciones actuales son más complejas que durante la Guerra Fría. La expansión del arsenal chino, el deterioro del diálogo entre Estados Unidos y Rusia, la posible incorporación de inteligencia artificial a los sistemas de mando y control y el uso creciente de amenazas nucleares en conflictos convencionales configuran un escenario en el que la disuasión resulta menos previsible. Ante esa realidad, Donald Trump tiene la oportunidad de convertir su preocupación declarada por estas armas en una política de negociación verificable y sostenida.
Reikiavik demostró que la rivalidad no impide negociar
El primer punto de referencia es la reunión celebrada el 11 de octubre de 1986 entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en Reikiavik. El encuentro no produjo de inmediato un tratado definitivo, pero modificó el marco político de la confrontación entre Washington y Moscú. Ambos dirigentes aceptaron discutir reducciones profundas de sus arsenales pese a representar sistemas ideológicos enfrentados y a desconfiar de las intenciones del adversario.
La base conceptual de aquel proceso había quedado expresada un año antes: “Una guerra nuclear no se puede ganar y nunca debe librarse”. La frase no fue un gesto retórico. Permitió reconocer que, en una confrontación nuclear, la superioridad militar pierde parte de su sentido cuando cualquier escalada puede desembocar en una destrucción compartida. La lección para el presente es clara: el diálogo no exige resolver todas las diferencias políticas, sino identificar primero aquellos riesgos cuya gestión interesa a todos.
La dimensión del peligro también explica la importancia de aquel precedente. En los años ochenta existían más de 70.000 armas nucleares; hoy quedan unas 12.000 ojivas, una cifra menor pero todavía suficiente para destruir la civilización varias veces. La reducción histórica no elimina la amenaza. Demuestra, más bien, que los acuerdos de control pueden disminuirla cuando existe voluntad política y mecanismos de comprobación.

El vacío dejado por el Nuevo START aumenta la incertidumbre
El segundo ancla es la expiración, en febrero de este año, del tratado Nuevo START, que imponía límites a los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia. Sin ese marco, las dos mayores potencias nucleares operan sin los mismos topes jurídicamente vigentes, una situación que favorece la opacidad y puede alimentar decisiones basadas en cálculos erróneos o en la percepción de una carrera armamentista inminente.
Vladímir Putin ha manifestado su disposición a negociar un acuerdo provisional que mantenga su arsenal por debajo del límite de 1.550 ojivas establecido por el tratado. Esa posibilidad no resolvería todos los problemas de seguridad entre Washington y Moscú, ni justificaría una normalización política apresurada. Sin embargo, ofrece un punto concreto de entrada para recuperar canales de comunicación, intercambiar información y reducir el riesgo de que una modernización militar sea interpretada como preparación para una escalada.
Trump podría aprovechar esa apertura para separar la cooperación nuclear de otros desacuerdos, incluida la guerra de Rusia contra Ucrania. Mantener una posición firme frente a la agresión rusa y negociar límites verificables para las armas estratégicas no son objetivos incompatibles. De hecho, confundir ambos asuntos puede dejar sin protección el interés más amplio: impedir que una crisis convencional termine comprometiendo la seguridad de todo el planeta.
China y la tecnología obligan a ampliar la conversación
El tercer desafío es que el equilibrio nuclear ya no puede pensarse únicamente como una relación bilateral entre Washington y Moscú. China está ampliando con rapidez su arsenal y, aunque probablemente todavía no alcance el límite de 1.550 ojivas en los próximos años, su incorporación gradual al diálogo resulta indispensable. Invitar a Pekín a asumir compromisos de transparencia o a respetar topes futuros permitiría evitar que la ausencia de reglas se convierta en una ventaja estratégica.
Las pruebas nucleares constituyen otro terreno de posible cooperación. Las acusaciones estadounidenses contra China y las amenazas de reanudar ensayos por parte de Trump reflejan un deterioro de la confianza que podría provocar respuestas recíprocas. Un mecanismo de verificación con participación de Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia ayudaría a atender sospechas sin convertir cada actividad técnica en una crisis diplomática.
La inteligencia artificial añade una dificultad cualitativamente distinta. Cuando algoritmos intervienen en la detección de amenazas, la evaluación de datos o la cadena de mando, aumenta la posibilidad de que una alerta incompleta, una interpretación defectuosa o una decisión acelerada reduzcan el tiempo disponible para la intervención humana. Las potencias nucleares deberían acordar límites explícitos al uso autónomo de estas tecnologías y establecer canales para comunicar incidentes antes de que una anomalía sea interpretada como un ataque.
La valentía política debe traducirse en acuerdos comprobables
El cuarto ancla proviene de la experiencia de paz en Colombia. La diplomacia nuclear no equivale a una negociación para terminar una guerra interna, pero comparte una lógica esencial: las partes avanzan cuando comprenden que seguir escalando ofrece peores resultados que pactar. También necesitan respaldo regional e internacional, garantías de cumplimiento y dirigentes dispuestos a asumir el costo político de conversar con adversarios.
Trump ha reconocido que el mundo posee armas suficientes para destruirlo decenas de veces y ha cuestionado el costo económico de mantener arsenales gigantescos. Esa posición puede convertirse en una iniciativa de alcance histórico si se acompaña de objetivos precisos: un acuerdo provisional con Rusia, una fórmula gradual de incorporación de China, reglas sobre ensayos nucleares y salvaguardas para mantener el control humano sobre los sistemas de mando.
Los pasos destinados a estabilizar la situación no deben reemplazar la meta más ambiciosa del desarme. Reikiavik no fue relevante solo porque redujo riesgos inmediatos, sino porque mostró que la seguridad puede construirse mediante una visión compartida de supervivencia. Washington, Moscú y Pekín seguirán enfrentados en numerosos asuntos, pero ningún beneficio electoral o ventaja geopolítica justifica dejar sin control una amenaza capaz de borrar cualquier legado. Para Trump, recuperar esa lógica sería una decisión de Estado; para el mundo, una necesidad urgente.