Serbia celebra este domingo las elecciones legislativas más competidas desde hace más de 14 años, en un escenario que combina desgaste del poder, movilización social y profundas dudas sobre la limpieza del proceso. El Partido Progresista Serbio (SNS), dirigido por el veterano nacionalista Aleksandar Vucic, afronta por primera vez desde 2012 la posibilidad real de perder el control del Gobierno. Al otro lado se encuentra una candidatura impulsada por el movimiento estudiantil, heterogénea y sin un líder único, pero capaz de convertir la indignación acumulada en una alternativa electoral.

Dieciséis víctimas que cambiaron el rumbo de la protesta
El origen inmediato de esta crisis política se encuentra en el derrumbe de una marquesina de la estación de Novi Sad, ocurrido en 2024. La tragedia causó 16 muertos y desencadenó una ola de manifestaciones que pronto dejó de ser una protesta limitada por la gestión de una infraestructura para convertirse en una impugnación del sistema político. Los manifestantes atribuyeron el accidente a la corrupción y a la falta de controles institucionales, una acusación que conectó con un malestar más amplio sobre la transparencia, la rendición de cuentas y la concentración de poder.
Durante casi dos años, las movilizaciones han alcanzado una dimensión que no se veía desde la caída de Slobodan Milosevic en 2000. La referencia histórica es significativa: no se trata únicamente de un movimiento sectorial ni de una campaña electoral convencional, sino de una contestación que reclama una ruptura con las prácticas que, a juicio de sus participantes, permiten que los errores administrativos y las responsabilidades políticas queden sin consecuencias. El derrumbe de Novi Sad funciona así como un punto de condensación de agravios previos y como la prueba simbólica de que el modelo de gobierno de Vucic ha dejado de ofrecer estabilidad suficiente para contener el descontento.
Una candidatura sin rostro, pero con una misión precisa
La principal novedad electoral es que los estudiantes han convertido su capacidad de movilización en una lista única integrada por candidatos de la sociedad civil. No cuentan con una figura dominante ni con una estructura ideológica homogénea. Su vínculo común es mucho más concreto: derrotar al SNS. Esa falta de liderazgo tradicional puede ser una debilidad si la alianza llega al poder y debe formar un Gobierno, pero también explica parte de su atractivo. La candidatura se presenta como un instrumento de transición entre la protesta y la representación política, no como la plataforma personal de un dirigente que aspire a reproducir las dinámicas cuestionadas.
La magnitud de su respaldo potencial quedó expuesta en la última concentración celebrada en Belgrado, que reunió a unas 150.000 personas. La cifra no garantiza por sí sola una mayoría parlamentaria, pero demuestra que el movimiento ha logrado superar los límites de las universidades y movilizar a sectores diversos. Su mensaje, difundido en vísperas de la votación, llama a redirigir hacia la libertad la fuerza acumulada durante las protestas. El desafío consiste ahora en transformar esa energía callejera en votos, presencia territorial y capacidad para coordinar una eventual mayoría parlamentaria.
Vucic adelanta las elecciones y convierte su continuidad en el centro de la campaña
Vucic, de 56 años, convocó los comicios en septiembre y acortó su segundo mandato al frente del Estado para ponerse al frente de la campaña de su partido. La decisión revela hasta qué punto la elección se ha convertido en un plebiscito sobre su liderazgo. Aunque formalmente la disputa es parlamentaria, la figura del presidente domina el debate y concentra tanto los argumentos de sus partidarios como las críticas de sus adversarios.
El dirigente se presenta como el único capaz de garantizar que Serbia conserve una posición soberana en el escenario internacional, manteniendo vínculos simultáneos con la Unión Europea, Rusia y Estados Unidos. Esa política de equilibrio constituye uno de los principales activos del oficialismo: permite a Vucic reivindicar margen de maniobra exterior y estabilidad en un contexto regional sensible. Para sus críticos, sin embargo, la defensa de la soberanía sirve también para desplazar la discusión interna sobre la corrupción, las instituciones y las condiciones electorales. Al calificar las protestas de “intento de golpe de Estado”, el presidente ha elegido confrontar con el movimiento en lugar de incorporar sus demandas, reforzando la polarización que domina la campaña.
La disputa no termina con el cierre de las urnas
La incertidumbre se refleja en unas encuestas que ofrecen diagnósticos opuestos. Un sondeo del grupo de reflexión de derecha Nuevo Pensamiento Político Serbio sitúa a la lista estudiantil en el 44,5% de la intención de voto, por delante del 42,7% atribuido al partido de Vucic. En cambio, una encuesta de Faktor Plus, próxima a las autoridades, coloca al bloque gobernante en cabeza con el 48,6%. La diferencia entre ambos estudios no solo muestra una carrera abierta; también evidencia la dificultad de medir el respaldo real en una sociedad altamente polarizada y con un entorno informativo disputado.
Veinticuatro organizaciones no gubernamentales serbias sostienen que no existen condiciones para unas elecciones libres y justas. Como respuesta, los estudiantes han desplegado una red de voluntarios para supervisar la jornada, en coordinación complementaria con los observadores internacionales. Los colegios electorales cerrarán a las siete de la tarde y los primeros resultados se conocerán durante la noche, pero la cuestión decisiva será si los contendientes aceptan el resultado y si la administración electoral consigue preservar una confianza mínima.
Incluso una victoria opositora podría abrir un periodo de negociaciones complejas, dada la diversidad de la lista estudiantil y la ausencia de una autoridad política indiscutida. Si el SNS conserva el poder, las protestas difícilmente desaparecerán después de una campaña marcada por la denuncia del accidente de Novi Sad y por la demanda de responsabilidades. En ambos casos, las elecciones señalan un cambio profundo: la estabilidad que Vucic ha ofrecido durante años ya no basta para cerrar la disputa sobre quién debe gobernar Serbia y bajo qué reglas.