Ucrania: la guerra que convirtió la rutina civil en una espera permanente

Ucrania: la guerra que convirtió la rutina civil en una espera permanente

En Ucrania, la guerra ya no se mide únicamente por el avance de los frentes o el número de misiles lanzados. También se mide por las horas de sueño perdidas, los trayectos interrumpidos y la decisión de permanecer a pocos metros de una ventana o buscar un refugio que quizá tampoco ofrezca plena protección. La experiencia de Yulia Markelova, Natalia Marín e Ianko Peñafort muestra cómo el conflicto ha penetrado en los gestos más ordinarios de la vida y cómo, pese al agotamiento, la sociedad intenta conservar una rutina mínima.

El ataque contra los buses que alteró la vida cotidiana

El punto más reciente de esa degradación ocurrió en Kramatorsk, donde dos buses fueron alcanzados por una bomba planeadora rusa a la hora en que los ciudadanos se dirigían al trabajo, al mercado o a una consulta médica. Las autoridades regionales reportaron inicialmente al menos 30 muertos y 18 heridos; los balances posteriores elevaron la cifra de fallecidos a 33. Fue, según CNN, el ataque individual más mortífero del año en ese momento.

La relevancia del episodio no está solo en su saldo. El gobernador de Donetsk, Vadym Filashkin, suspendió el transporte público en Kramatorsk y Sloviansk y pidió a la población trasladarse a zonas más seguras. Una acción tan elemental como subir a un bus quedó convertida en un riesgo extraordinario. Un día antes, un misil había destruido un edificio residencial de cinco pisos en Priluki, en la región de Chernígov, y dejó 22 muertos, entre ellos cinco niños.

Ucrania: la guerra que convirtió la rutina civil en una espera permanente

Estos ataques ayudan a entender por qué la población percibe que el peligro ha dejado de ser excepcional. Cuando el transporte, las viviendas y las instituciones educativas pueden convertirse en objetivos, la frontera entre el frente y la retaguardia desaparece. El gobierno ucraniano sostiene que Rusia está atacando deliberadamente a civiles y que se han abandonado las reglas de la guerra. Es una acusación que no cuenta con verificación independiente en todos sus extremos, pero que coincide con una sucesión de ataques en zonas habitadas.

Diez alarmas al día y un cuerpo que nunca descansa

En Kiev, Yulia Markelova describe una guerra organizada alrededor de las sirenas. Las alertas pueden activarse hasta diez veces en un solo día, con pausas de apenas media hora o una hora. En algunas jornadas, las amenazas contra la capital se prolongaron, con interrupciones, durante casi 21 horas. La cifra expresa algo más que la intensidad militar: revela la imposibilidad de separar el tiempo de trabajo, el descanso y la emergencia.

En los primeros años de la invasión, una ofensiva masiva podía vaciar las calles y llevar a miles de personas al metro. Hoy, repetir esa respuesta ante cada alarma significaría dejar de trabajar, no dormir y vivir en refugios de manera permanente. Como en su barrio no existe una estación cercana y el sótano del edificio tampoco garantiza seguridad, Yulia se protege en el pasillo de su apartamento, lejos de ventanas y vidrios, en la zona con más paredes interiores. Reconoce, sin embargo, que frente a un impacto directo prácticamente no hay garantías.

Natalia Marín, una caleña que llegó a Ucrania durante un viaje por Europa y terminó quedándose, resume el cambio en la manera de mirar el cielo. Antes veía aves y aviones; ahora identifica drones y explosiones. Las noches son inciertas, el sueño se fragmenta y el cansancio se acumula. En una ocasión, un misil cayó cerca del edificio donde vivía, en el piso 22. Mientras esperaba el ascensor para bajar al búnker, pensó en su familia en Colombia y en el temor de no sobrevivir.

La adaptación, en estas condiciones, no equivale a normalidad. Yulia habla de un agotamiento psicológico prolongado: la mente aprende a ignorar parte del peligro durante el día, pero el miedo reaparece cuando las explosiones se escuchan cerca. Después de un ataque nocturno necesita medio día para recuperar su funcionamiento habitual. El cuerpo, dice, permanece en estado de espera incluso cuando no suena ninguna alarma.

La resistencia también ocupa escenarios y lugares de trabajo

La permanencia de la vida civil no significa que la guerra haya perdido capacidad de destruirla. Significa que los ciudadanos han construido formas limitadas de continuidad. En Kiev siguen abiertos cafés, restaurantes, teatros y salas de conciertos, aunque el toque de queda obliga a cerrar temprano y una función puede detenerse para llevar al público a un refugio.

Ianko Peñafort, músico bogotano hijo de padre colombiano y madre ucraniana, toca con su grupo repertorio de raíz andina y latinoamericana. Sus conciertos se interrumpen cuando suena una alerta y se reanudan cuando termina la amenaza, bien porque los proyectiles alcanzaron sus objetivos o porque fueron neutralizados por la defensa antiaérea. Dos presentaciones tuvieron que aplazarse indefinidamente por la intensidad de los ataques sobre la capital.

Su decisión de hablar ucraniano, aunque su madre le habló principalmente en ruso, tiene para él un sentido de resistencia. La música cumple una función semejante: no detiene los misiles, pero preserva un espacio colectivo que la violencia pretende ocupar por completo. En ese gesto hay una lectura política de la cultura: continuar un concierto, trabajar o reunirse con amigos es también impedir que el miedo dicte cada conducta.

Quedarse no elimina el costo de la guerra

Los tres protagonistas comparten una conclusión incómoda: permanecer no significa sentirse seguros ni haber vencido la incertidumbre. Natalia extraña el sol de Cali, sus hermanas, la comida y la espontaneidad de conversar sin traducir mentalmente cada frase. Yulia aplazó indefinidamente la decisión de tener hijos y habla de una generación que perdió la sensación de hogar. Muchos conocidos buscan terapia psicológica o psiquiátrica; otros recurren a antidepresivos, ejercicio, meditación o redes de apoyo.

El horizonte de planificación se ha reducido a plazos muy cortos. El futuro familiar, la movilidad urbana y hasta una noche completa de sueño dependen de una guerra cuyo final no se vislumbra. Sergio Jaramillo, líder de la campaña Aguanta Ucrania, sostiene que permitir ataques impunes contra civiles debilita el derecho internacional y normaliza la idea de que cualquier Estado puede imponer la fuerza sobre la población.

La historia de quienes se quedaron no ofrece una imagen romántica de la resistencia. Muestra, más bien, su precio concreto: vivir lejos de las ventanas, calcular el tiempo de un ascensor, suspender un concierto y volver a montar los equipos al día siguiente. En Ucrania, la rutina continúa a pedazos, sostenida por la necesidad y por una forma de solidaridad que convierte cada jornada ordinaria en una afirmación de que la vida civil aún no ha sido completamente derrotada.