En Gaza, el alto el fuego no ha convertido la comida en un derecho garantizado. Para Nihaya al Masri, de 35 años, conseguir el único plato diario de su familia exige pasar hasta seis horas frente a una cocina comunitaria en Jan Yunis. Vive bajo una tienda de campaña con sus ocho hijos y un esposo que no puede desplazarse con facilidad después de resultar herido en las piernas durante un bombardeo. Cada jornada regresa con cuatro bandejas de arroz, lentejas y algo de pollo: la ración que debe alimentar a toda la familia durante el día.
La escena resume la distancia entre el fin de los combates a gran escala y la recuperación de unas condiciones de vida normales. Al Masri sale temprano y vuelve por la tarde. No hay desayuno ni cena, porque la harina escasea y debe reservarse. Sin la distribución gratuita de las organizaciones humanitarias, asegura, no tendrían “nada de nada”. Un año después de la entrada en vigor de la tregua entre Israel y Hamás, el acceso a los alimentos continúa dependiendo, para muchas familias desplazadas, de las cocinas solidarias y de la ayuda de emergencia.

La comida existe, pero no está al alcance de la mayoría
La situación contiene una contradicción central. Un responsable del Cogat, organismo del Ministerio de Defensa israelí encargado de los asuntos civiles en los territorios palestinos, sostiene que la situación humanitaria es ahora “estable” y que hay más que suficiente comida en Gaza. El Programa Mundial de Alimentos ofrece una lectura distinta: su director, Shaun Hughes, afirma que la emergencia sigue siendo “extremadamente grave”. Según sus datos, alrededor de 1,4 millones de los 2,1 millones de habitantes del territorio padecen inseguridad alimentaria aguda y unas 200.000 personas permanecen cerca del umbral de la hambruna.
Las dos afirmaciones pueden coexistir porque la disponibilidad general no equivale al acceso real. Los alimentos pueden llegar a los mercados y, aun así, quedar fuera del presupuesto de quienes han perdido su vivienda, sus ingresos y sus medios de subsistencia. Hughes señala que productos ricos en proteínas están disponibles, pero resultan inasequibles para la mayoría de los gazatíes. El problema, por tanto, no se limita al volumen de ayuda que entra: también depende de su regularidad, de los precios y de la capacidad de las familias para comprar una dieta variada.
Del hambre extrema a una recuperación que no alcanza
En agosto de 2025, el Marco Integrado de Clasificación de la Seguridad Alimentaria, un organismo respaldado por Naciones Unidas, declaró la existencia de hambruna en Gaza. Israel rechazó entonces ese diagnóstico y lo calificó de falso. En diciembre, la ONU comunicó que el territorio ya no cumplía los criterios técnicos de hambruna, después de la tregua y del aumento de la ayuda humanitaria. La modificación de esa clasificación representó una mejora estadística y operativa, pero no significó que la población hubiera recuperado una alimentación suficiente.
La diferencia es decisiva. Salir formalmente de una fase de hambruna significa que cambian determinados indicadores de mortalidad, consumo y acceso a los alimentos; no implica que desaparezcan la pobreza alimentaria, la malnutrición ni las consecuencias acumuladas de meses de privaciones. En Gaza, la tregua ha reducido una parte de la presión inmediata, pero no ha reconstruido las viviendas, el empleo, los mercados ni los servicios básicos que permitirían a las familias dejar de depender de una bandeja distribuida por terceros.
Los niños pagan el coste que no aparece en una ración
Los hijos de Al Masri, de entre tres y 14 años, sueñan con comer fruta. Su madre no puede comprarla. Uno de ellos sufrió desnutrición durante la hambruna y solo mejoró gradualmente. El episodio muestra que alimentarse no consiste únicamente en ingerir calorías: también exige proteínas, vitaminas y minerales suficientes para sostener el crecimiento y las defensas del organismo.
La desnutrición debilita el sistema inmunitario y aumenta la vulnerabilidad frente a las enfermedades. En los niños, sus efectos pueden prolongarse mucho después de que mejore la disponibilidad de alimentos. Hughes advierte de que los episodios repetidos de desnutrición aguda dejan secuelas cognitivas y físicas que pueden acompañar a una persona durante toda su vida. La emergencia, así, no se mide solo por el hambre del día, sino por el desarrollo que se pierde mientras los menores crecen con una dieta insuficiente.
En el hospital Nasser de Jan Yunis, Israa al Najjar, responsable del servicio de desnutrición, afirma que han aumentado los síndromes y las patologías vinculadas a las carencias nutricionales y al debilitamiento del sistema inmunitario. Un informe de Médicos del Mundo añadió otra dimensión: el 93% de las mujeres embarazadas y lactantes presenta síntomas de anemia relacionados, entre otros factores, con la desnutrición, y solo el 17% mantiene una alimentación suficientemente variada para cubrir sus necesidades.
La tregua detuvo parte de la destrucción, pero no la precariedad
La experiencia diaria de Al Masri revela la fase más difícil de una crisis prolongada: aquella en la que disminuye el peligro inmediato, pero persisten las condiciones que producen vulnerabilidad. Su tienda necesita reparaciones constantes y son sus propios hijos quienes intentan reforzarla. Ella padece asma y se siente agotada, pero continúa haciendo cola porque la alternativa es dejar a su familia sin comida.
Que una madre dependa de sus hijos para sostener el refugio y de una cocina comunitaria para garantizar la única comida del día no es una señal de normalización. Es la evidencia de que el alto el fuego ha abierto un espacio para la asistencia, pero todavía no para la autonomía. Mientras la ayuda humanitaria cubra la supervivencia sin permitir recuperar ingresos, vivienda y una dieta diversa, Gaza seguirá atrapada entre la ausencia de guerra abierta y una emergencia que continúa organizando cada hora de la vida cotidiana.
“Esto no es normal”, repite Al Masri. Su frase no describe únicamente una carencia doméstica. También señala el límite de medir la recuperación por la entrada de suministros o por la retirada de una clasificación de hambruna. Para que la crisis termine, la población debe poder comer sin pasar el día entero esperando, comprar alimentos nutritivos sin elegir entre ellos y reconstruir sus condiciones de vida sin depender permanentemente de la distribución gratuita.