Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro cerraron la campaña presidencial brasileña con un debate sin un vencedor claro, en un escenario electoral marcado por la máxima incertidumbre. El último cara a cara antes de la votación de este domingo confirmó la estrechez de la disputa: ambos candidatos defendieron sus principales banderas, intercambiaron acusaciones y trataron de movilizar a un electorado que, según los sondeos más recientes, llega a las urnas prácticamente dividido.
El programa de TV Globo comenzó con retraso, después de la emisión de una telenovela, una decisión habitual en la televisión brasileña pero simbólica de la centralidad que conserva la programación generalista en la política nacional. El formato fue mucho más rígido que el del debate del domingo anterior, emitido por la Red Band, que había terminado en un intercambio bronco y difícil de controlar. Esta vez, las reglas limitaron los enfrentamientos directos, aunque no evitaron los ataques personales ni la dureza del discurso.
Seguridad, cárcel y acusaciones cruzadas
Bolsonaro intentó convertir la seguridad pública en el eje de la noche. Su promesa más llamativa fue que quienes roben teléfonos móviles recibirán una condena de ocho años de prisión y deberán trabajar durante su permanencia en la cárcel. También acusó a Lula de proteger a los delincuentes y de mantener una posición demasiado blanda frente a las organizaciones vinculadas al narcotráfico.
“Quiero que la gente vaya con el celular por las calles sin ser asaltada”, afirmó el candidato de la derecha, que añadió propuestas como un “Banco de la Prosperidad”, crédito barato y medidas destinadas a devolver ingresos a los bolsillos de los ciudadanos. En su intervención, Bolsonaro buscó asociar el combate contra el delito con una agenda económica de alivio inmediato para las familias, una combinación dirigida especialmente a los votantes preocupados por la inseguridad y el costo de vida.
Lula respondió presentando a su adversario como un dirigente sin experiencia propia y excesivamente dependiente de la figura de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro. Lo calificó repetidamente de mentiroso y sostuvo que no conoce la realidad del país. También vinculó a la familia Bolsonaro con la crisis de oxígeno registrada durante la pandemia en Manaos y con el mundo de las milicias, una referencia especialmente sensible en el debate sobre violencia y poder territorial.

Dos campañas que buscan apropiarse del centro
Aunque el enfrentamiento se presentó como una disputa entre la izquierda y la derecha, los dos candidatos intentaron ampliar su base más allá de sus núcleos ideológicos. Bolsonaro pidió disculpas por haber votado en contra de extender la licencia de maternidad y por haber llamado “nueve dedos” a Lula, en alusión a la amputación que el actual presidente sufrió cuando trabajaba como operario metalúrgico. El gesto buscó suavizar una imagen de confrontación permanente y acercarlo a sectores moderados.
Además de insistir en la autonomía de los pueblos indígenas, Bolsonaro procuró proyectarse como una alternativa de renovación frente a la larga trayectoria de Lula. “Él no se acuerda de la última vez que fue al supermercado”, dijo, aludiendo a la permanencia del presidente en la vida política y a la distancia que, según su argumento, existe entre el Gobierno y los problemas cotidianos.
Lula, por su parte, reivindicó su experiencia como una garantía de estabilidad y capacidad de gestión. La elección representa para él la posibilidad de mantener a la izquierda en el poder mediante una cuarta victoria presidencial. Sin embargo, la edad del mandatario, que cumplirá 81 años el martes, y la duración de su trayectoria política se convirtieron en instrumentos de ataque para sus adversarios, que intentan presentar el cambio generacional como una necesidad nacional.
Una primera vuelta que no despejó el resultado
Bolsonaro ganó la primera vuelta del 4 de octubre con el 47% de los votos, frente al 45% obtenido por Lula. Ese resultado dejó una ventaja reducida y obligó a ambos equipos a competir por los votantes que no se identifican plenamente con ninguno de los dos bloques. En la democracia brasileña iniciada en 1985 no existe, según el balance presentado durante la campaña, un precedente de un candidato derrotado en la primera vuelta que haya conseguido imponerse en la segunda, un dato que favorece a Lula como argumento histórico, aunque no determina el desenlace.
Las encuestas difundidas en los últimos días reflejan una paridad casi absoluta. El escenario más extremo es el de Datafolha, que proyecta un empate del 50% para cada candidato. La diferencia entre ambos está dentro del margen que puede alterar una campaña de las últimas horas, la participación efectiva o la decisión de los electores todavía indecisos. En una contienda tan ajustada, el debate no necesitaba producir un giro espectacular para ser relevante: bastaba con evitar errores, consolidar apoyos y persuadir a una franja pequeña del electorado.
La disputa que queda después del debate
En el cierre, Lula acusó a Bolsonaro de pretender “entregar el territorio” brasileño al presidente estadounidense Donald Trump. También aseguró que el ladrón irá a la cárcel y planteó la votación como una decisión entre permitir que gobierne un miliciano o defender la democracia. Con ello, trasladó el debate desde la seguridad cotidiana hacia una elección de sistema político y de límites institucionales.
Bolsonaro intentó, en cambio, que la jornada terminara bajo el signo del orden, la autoridad y la renovación. La ausencia de un ganador evidente significa que ninguno logró imponer por completo su interpretación de la elección. El resultado dependerá ahora de la capacidad de cada campaña para transformar sus mensajes finales en participación electoral. Si las encuestas no se equivocan, Brasil se encamina a una segunda vuelta más estrecha que la de hace cuatro años, cuando Lula derrotó a Jair Bolsonaro por 50,9% frente a 49,1%. Esta vez, una diferencia mínima podría decidir no solo quién ocupará la Presidencia, sino también cuál de las dos narrativas sobre el futuro democrático del país consigue prevalecer.