La extinción de la humanidad antes de 2100 es un escenario posible, aunque de baja probabilidad, ante riesgos como el uso malicioso de la inteligencia artificial y una guerra nuclear. Así lo plantea un estudio publicado en la revista científica The Lancet, que identifica 17 amenazas principales para las personas durante los próximos 75 años y sostiene que sus efectos pueden reforzarse entre sí.
La investigación no presenta una predicción de que la especie vaya a desaparecer ni fija una fecha para que ocurra una catástrofe. Su advertencia se refiere a la magnitud de los daños potenciales: si algunos de los acontecimientos más graves llegaran a producirse, sus consecuencias podrían ser extremas. Por eso, los autores ponen el foco tanto en la probabilidad como en el alcance de los perjuicios.

Un cálculo centrado en los años de vida saludable
Para elaborar la lista, los investigadores estimaron, a partir de las tendencias actuales, cuántos años de vida saludable podrían perderse por enfermedades, discapacidades o muertes prematuras atribuibles a cada amenaza. El método permite comparar problemas de distinta naturaleza con una medida común de impacto sobre la salud, aunque no convierte los resultados en una certeza sobre lo que sucederá en el futuro.
Entre los riesgos con capacidad de causar daños de gran escala, el estudio menciona la inteligencia artificial utilizada con fines maliciosos y los conflictos nucleares. También incluye amenazas que ya afectan a la salud pública y al bienestar, como la crisis climática, la contaminación atmosférica, la resistencia a los antimicrobianos y la desnutrición infantil.
El inventario abarca además los conflictos convencionales, la reducción de la ayuda internacional, las pandemias de origen natural y el envejecimiento poco saludable. En el ámbito de la salud y las condiciones sociales, contempla el consumo excesivo de alcohol, la hipertensión, la desigualdad de ingresos, el bajo nivel educativo, la obesidad, los problemas de salud mental y el tabaquismo.
Riesgos que no actúan por separado
Uno de los argumentos centrales del informe es que estas amenazas están interconectadas y, por tanto, no deberían abordarse como problemas aislados. La relación puede darse entre factores que deterioran la salud de manera directa y otros que afectan las condiciones necesarias para prevenir, atender o contener sus consecuencias. La publicación, según la información difundida, no detalla en el resumen disponible la contribución individual de cada vínculo, pero sí subraya que la respuesta debe considerar el conjunto.
Ese enfoque modifica la lectura de una lista que reúne desde decisiones políticas y tensiones internacionales hasta enfermedades crónicas y factores sociales. Una estrategia limitada a un solo sector podría dejar sin atender elementos que aumentan la vulnerabilidad frente a otros riesgos. La conexión también implica que las medidas de prevención y preparación requieren coordinación, aunque el estudio no propone en la información publicada un programa concreto ni asigna responsabilidades específicas a gobiernos o instituciones.
El profesor Christopher Murray, copresidente de la comisión de The Lancet que elaboró el estudio y director del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, afirmó que las decisiones de los líderes en el presente determinarán la salud y el bienestar de la próxima generación. La declaración vincula el horizonte de largo plazo con decisiones que pueden influir en la exposición a amenazas y en la capacidad de respuesta.
Una advertencia sobre la escala, no una fecha límite
La cautela sobre la probabilidad es relevante: el estudio indica que la posibilidad de que ocurran los acontecimientos más devastadores sigue siendo baja. Sin embargo, advierte que el daño potencial sería extraordinario. Esa distinción evita interpretar el análisis como una predicción inevitable y sitúa su valor en la evaluación anticipada de riesgos cuyo impacto podría ser difícil de revertir.
El horizonte de 75 años permite observar amenazas que evolucionan a ritmos distintos. Algunas, como la contaminación, la hipertensión o el tabaquismo, están ligadas a daños persistentes y acumulativos; otras, como una guerra nuclear o el uso malicioso de nuevas tecnologías, plantean escenarios de consecuencias súbitas y de gran escala. La diversidad de los riesgos exige combinar prevención sanitaria, atención a factores sociales y preparación frente a crisis, sin asumir que una sola intervención bastará para reducirlos todos.
Con su lista de 17 amenazas, la comisión sitúa la salud humana en una perspectiva amplia: no depende únicamente de la atención médica, sino también de la estabilidad, el entorno y las decisiones colectivas. La advertencia principal no es que la extinción vaya a producirse antes de 2100, sino que varias amenazas de baja probabilidad podrían causar daños extremos y están lo bastante relacionadas como para requerir respuestas coordinadas.