Un piso social de Badalona ofrece a mayores independencia y compañía frente a la soledad

Un piso social de Badalona ofrece a mayores independencia y compañía frente a la soledad

Joan Teixidó, de 81 años, vive con otras cinco personas en una vivienda social de Badalona donde conserva su propia habitación y comparte cocina y salón. El modelo le permite pagar un alquiler acorde con su pensión y tener compañía sin renunciar a la autonomía. “No me veo en una residencia. Aquí tengo mi habitación, mi independencia y siempre hay alguien con quien hablar”, explica. En el edificio residen dieciséis personas mayores de 60 años con recursos insuficientes para acceder a una vivienda por sus propios medios.

El caso muestra cómo la vivienda compartida puede responder a dos necesidades que suelen coincidir en la vejez: reducir el gasto habitacional y evitar el aislamiento. Para Teixidó, que no tiene pareja ni hijos, la convivencia ofrece contacto cotidiano, pero también la posibilidad de retirarse a su espacio cuando quiere tranquilidad.

Un piso social de Badalona ofrece a mayores independencia y compañía frente a la soledad

Un hogar propio dentro de una convivencia

Teixidó llegó a Llars Horitzó a los 74 años, después de que no le renovaran el alquiler de la vivienda donde residía. Antes de tener que buscar otro piso, le ofrecieron una plaza en este bloque situado en el paseo marítimo de Badalona. Tras años trabajando en hostelería, puede cubrir con su pensión el alquiler de una habitación, sus gastos y algunos ahorros; aun así, señala que el coste reducido es decisivo: destina menos del 30 % de su prestación.

La organización de la vida diaria combina espacios privados y comunes. Cada residente prepara sus comidas en la cocina compartida; en el salón pueden coincidir para ver un partido, jugar al dominó o conversar. En su planta, Teixidó convive con otros cinco hombres de entre 68 y 84 años. “Lo bueno es que puedes estar en tu habitación cuando quieres tranquilidad, pero sabes que tienes a gente cerca”, resume.

La vivienda como respuesta a la soledad y al coste

Los residentes mantienen autonomía física y mental y no necesitan asistencia externa, por lo que no consideran que una residencia sea su opción inmediata. Teixidó teme que allí se pierda capacidad de decisión y prefiere organizar su rutina por cuenta propia: caminar, encontrarse con amistades o quedarse en las zonas comunes. La convivencia también crea redes de apoyo, aunque, como en cualquier hogar, surjan desacuerdos ocasionales.

Varios compañeros llegaron tras vivir en habitaciones compartidas; otros habían pasado por desahucios y algunos incluso habían vivido en la calle. La vivienda social, por tanto, no solo ofrece una alternativa a quienes no pueden asumir los precios del mercado, sino estabilidad a personas que afrontan trayectorias residenciales frágiles. Su alcance, sin embargo, depende de que existan plazas suficientes y alquileres realmente ajustados a ingresos limitados.

La presión económica no afecta únicamente a las personas mayores. Según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas citados en la información, el 85,6 % de quienes viven en una habitación alquilada y no prevén mudarse a una vivienda independiente durante los próximos doce meses atribuye esa decisión al elevado precio de compra en relación con sus ingresos. El dato sitúa la experiencia de Teixidó dentro de un problema más amplio: para distintos grupos de edad, la falta de acceso a una vivienda asequible reduce las opciones de independencia residencial.

Teixidó considera que compartir piso se ha normalizado entre jóvenes y familias, pero advierte de que para muchas personas no es una elección, sino la única salida disponible. Reclama cambios que permitan ampliar las alternativas, aunque duda de que lleguen pronto. Mientras tanto, valora el equilibrio que ha encontrado: un techo que puede pagar, intimidad y compañía. “Tengo un techo bajo el que vivir y estoy satisfecho con lo que tengo”, concluye.