Una lesión en Shanidar reabre el debate sobre la violencia neandertal

Una lesión en Shanidar reabre el debate sobre la violencia neandertal

Un pequeño orificio en el omóplato de un neandertal podría conservar la huella de un episodio ocurrido hace unos 75.000 años. Los restos, hallados en la cueva de Shanidar, en el Kurdistán iraquí, presentan una lesión casi circular de aproximadamente 15 milímetros que pudo producirse cuando una lanza de madera afilada atravesó el torso. La interpretación no permite reconstruir toda la escena, pero sí aporta una evidencia excepcional para estudiar la violencia interpersonal entre poblaciones humanas anteriores a la agricultura.

El individuo ha sido identificado como Shanidar A. Junto al omóplato izquierdo se conservaron una mano derecha, tres costillas y algunos dientes. La lesión se encuentra en una zona anatómica compatible con un impacto dirigido hacia el pecho. Si la lanza hubiera atravesado el cuerpo antes de alcanzar el hueso, pudo haber provocado daños en un pulmón y en vasos sanguíneos importantes. La consecuencia probable habría sido una hemorragia grave, aunque los restos no permiten establecer con certeza cuánto tiempo sobrevivió el neandertal ni las circunstancias exactas de su muerte.

Una lesión en Shanidar reabre el debate sobre la violencia neandertal

Una herida compatible con un arma, pero no con una historia cerrada

La forma regular del orificio es uno de los principales argumentos a favor de que la lesión fue causada por un objeto puntiagudo. La doctora Emma Pomeroy, investigadora del Departamento de Arqueología de la Universidad de Cambridge y autora principal del estudio, considera que podría tratarse de una de las evidencias más antiguas de violencia letal relacionada con una lanza de madera.

La cautela resulta esencial. Un hueso puede registrar el punto de entrada, la dirección y la naturaleza aproximada de un impacto, pero no identifica automáticamente al agresor ni el motivo de la acción. Shanidar A pudo ser atacado deliberadamente por otro individuo, herido durante una cacería o alcanzado de forma accidental por un miembro de su propio grupo. En una actividad colectiva con armas, la llamada “fuego amigo” prehistórica también constituye una posibilidad razonable.

El profesor Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, que no participó en la investigación, considera especialmente plausible la hipótesis de una agresión entre individuos debido a la posición y las características de la lesión. Sin embargo, esa valoración no equivale a una demostración definitiva. La arqueología trabaja aquí con probabilidades construidas a partir de la anatomía, la mecánica de las heridas y el contexto del yacimiento.

Shanidar ya había conservado señales de enfrentamientos

El nuevo hallazgo adquiere mayor interés porque la misma cueva había proporcionado indicios anteriores de lesiones relacionadas posiblemente con armas. En 1957 se descubrieron los restos de otro neandertal, de unos 50.000 años de antigüedad, cuyas costillas mostraban una herida parcialmente cicatrizada. Los especialistas propusieron que pudo haber sido causada por una lanza con punta de piedra, aunque tampoco pudieron decidir si se trató de un accidente durante la caza o de una agresión intencionada.

La coincidencia de dos individuos lesionados en un mismo enclave sugiere que los riesgos asociados a las armas formaban parte de la vida de ciertos grupos neandertales. No obstante, convertir esos casos en una medida de la violencia habitual sería metodológicamente arriesgado. El registro fósil está incompleto y no representa de manera proporcional a todas las personas que vivieron, enfermaron, murieron o fueron enterradas en una región.

La evidencia española adelanta el problema cientos de miles de años

La discusión sobre los orígenes de la violencia humana tampoco comienza ni termina en Shanidar. En 2022, el estudio de restos de la Sima de los Huesos, en el norte de España, analizó 57 lesiones craneales distribuidas entre 20 individuos de unos 430.000 años de antigüedad. Nueve daños podían haber sido potencialmente mortales y seis eran heridas punzantes situadas en una zona semejante de la parte posterior izquierda del cráneo.

La repetición de lesiones en áreas comparables llevó a los investigadores a considerar que algunos golpes pudieron ser deliberados. Uno de los cráneos presentaba dos heridas posiblemente producidas por el mismo objeto. Estos datos no prueban la existencia de guerras ni de homicidios sistemáticos, pero sí indican que los episodios mortales entre miembros de poblaciones humanas antiguas tienen una historia mucho más profunda de lo que sugerían las interpretaciones centradas únicamente en las sociedades agrícolas.

De la agresión individual a la violencia organizada

Durante décadas, la aparición de la agricultura y de los asentamientos permanentes se consideró un posible punto de partida para la guerra organizada. La acumulación de alimentos, la delimitación de territorios, la ganadería y el crecimiento demográfico habrían intensificado la competencia por los recursos. Los hallazgos de Shanidar y de la Sima de los Huesos obligan a separar dos fenómenos que a menudo se confunden: la capacidad de un individuo para matar a otro y la existencia de conflictos planificados entre grupos.

La primera parece ser muy antigua. La segunda requiere pruebas diferentes: concentraciones de traumatismos, patrones de defensa, armas diseñadas para el combate, destrucción de asentamientos o señales de ataques repetidos. Ninguno de esos elementos se desprende por sí solo de una herida aislada. La importancia de Shanidar A reside precisamente en otro punto: muestra que un caso individual puede abrir una ventana hacia las relaciones sociales, los peligros cotidianos y los límites de la cooperación entre neandertales.

La investigación, publicada en Scientific Reports, no demuestra que los neandertales fueran una población especialmente violenta ni que el asesinato fuera una práctica común. Su valor está en ampliar el conjunto de evidencias disponibles y en recordar que la violencia no surgió de repente con las primeras aldeas. Mucho antes de las guerras documentadas por la arqueología, algunos grupos humanos ya podían verse envueltos en agresiones, accidentes armados y enfrentamientos con consecuencias mortales.