Una megacárcel no basta: qué puede cambiar para la seguridad en Costa Rica
La inauguración del Centro de Alta Contención contra el Crimen Organizado (CACCO), con capacidad para 5.100 personas, pone sobre la mesa una preocupación que afecta la vida cotidiana: si el Estado puede contener la violencia ligada al narcotráfico. Costa Rica registró 873 homicidios en 2025, después de superar los 900 en 2023. Para quienes viven, trabajan o tienen familia en el país, la pregunta no es solo cuántas plazas penitenciarias se abren, sino si la medida reducirá el riesgo en calles y comunidades.
El Gobierno de la presidenta Laura Fernández apuesta por aislar a los delincuentes considerados más peligrosos. Una prisión de alta contención puede dificultar que algunos cabecillas coordinen delitos desde dentro, siempre que haya controles efectivos sobre comunicaciones, visitas, personal y corrupción. Si esos controles fallan, el tamaño del edificio no garantiza que se interrumpan las redes; la capacidad física de encierro no equivale por sí sola a capacidad de investigación ni a reducción de homicidios.

Lo que una cárcel puede y no puede resolver
El referente del modelo es El Salvador bajo Nayib Bukele, pero la experiencia salvadoreña también ha abierto cuestionamientos sobre los límites de una estrategia centrada en el encarcelamiento masivo. El caso no prueba automáticamente que el mismo enfoque produzca los mismos resultados en Costa Rica: las condiciones del crimen organizado, la capacidad institucional y las garantías legales no son intercambiables. El debate importa porque una política que promete seguridad también debe poder explicar cómo evita detenciones arbitrarias, abusos y errores que perjudiquen a personas inocentes.
Para las familias, hay además una consecuencia concreta que suele quedar detrás de las cifras: la seguridad depende tanto de impedir nuevos ataques como de que las investigaciones identifiquen a responsables y desarticulen sus redes. Las muertes de 2023, 2024 y 2025 muestran una presión sostenida, pero no permiten atribuir por sí solas cada homicidio a una causa ni anticipar el efecto del CACCO. El resultado tendrá que medirse con datos posteriores, no con la inauguración.
Qué conviene observar desde ahora
La ciudadanía puede seguir tres señales: si bajan los homicidios de manera sostenida, si las autoridades esclarecen más casos y si disminuye la capacidad de las organizaciones para ordenar delitos desde prisión. También importa saber cómo se protege a las comunidades expuestas a las rutas del narcotráfico y qué recursos reciben la policía, la fiscalía y los programas de prevención. Si solo crece el número de personas encerradas, sin mejores investigaciones ni control de las redes, la respuesta será incompleta.
La megacárcel puede ser una herramienta dentro de una política de seguridad, no un sustituto de ella. Para quien sale de casa cada día, el cambio relevante será que disminuyan los ataques y que las instituciones protejan a la población respetando la ley. El desafío para Costa Rica es demostrar que el aislamiento de los criminales más peligrosos se traduce en menos violencia fuera de los muros, y que esa mejora se sostiene sin sacrificar derechos ni confianza pública.