Ventorros de Balerma, el pueblo donde una calle separa dos provincias y dos alcaldías

Ventorros de Balerma, el pueblo donde una calle separa dos provincias y dos alcaldías

En Ventorros de Balerma, cruzar una calle no es un gesto menor. Puede significar dejar atrás Granada y entrar en Córdoba, cambiar de municipio y, en determinados asuntos cotidianos, dirigirse a otra administración. La peculiaridad geográfica ha convertido a este pequeño núcleo andaluz en una de esas rarezas territoriales que sorprenden a quienes lo visitan, aunque para sus vecinos forme parte de la rutina.

Una frontera provincial integrada en la vida diaria

El pueblo se encuentra en una posición limítrofe entre Granada y Córdoba. La división administrativa no aparece únicamente en los mapas: condiciona decisiones tan sencillas como elegir dónde tomar algo o a qué centro acudir cuando surge un problema de salud. Esa frontera, que desde fuera puede parecer una anomalía, está plenamente incorporada a los hábitos de la población.

Matías Prats puso el foco en esa convivencia durante su intervención en Antena 3 Noticias. El presentador describió el ambiente del lugar como tranquilo y utilizó el doble sentido de su ubicación para bromear con que se encuentra “al límite”. La ironía resume la singularidad del pueblo, pero también deja ver un aspecto más importante: la línea provincial no ha impedido que exista una comunidad cohesionada.

Ventorros de Balerma, el pueblo donde una calle separa dos provincias y dos alcaldías

El bar queda en Córdoba; la consulta médica, en Granada

La distribución de los servicios ilustra mejor que cualquier descripción hasta qué punto la frontera forma parte de la vida cotidiana. Si los vecinos quieren ir a un bar, deben desplazarse hacia la parte cordobesa. En cambio, para acudir al médico tienen que hacerlo en Granada. El mismo pueblo, por tanto, funciona con dos referencias territoriales distintas según la necesidad.

Esta circunstancia revela una paradoja habitual en los territorios fronterizos: las divisiones administrativas organizan competencias y servicios, pero no siempre coinciden con la manera en que las personas perciben su entorno. Para los habitantes de Ventorros de Balerma, la cercanía pesa más que la etiqueta provincial. La calle que separa ambas demarcaciones puede marcar un límite legal, pero no necesariamente una separación social.

211 habitantes y dos alcaldes para una misma comunidad

La dimensión demográfica añade otro elemento decisivo. Ventorros de Balerma apenas cuenta con 211 habitantes, una cifra que explica la intensidad de las relaciones vecinales y la necesidad de coordinarse en un espacio reducido. Sin embargo, esa población está repartida entre dos municipios: 115 vecinos pertenecen a Loja, en Granada, y 96 a Iznájar, en Córdoba.

La consecuencia más llamativa es que el pueblo tiene dos alcaldes, uno vinculado a cada municipio. No se trata solo de una curiosidad institucional. La existencia de dos administraciones implica que la representación política y la gestión pública se articulan desde estructuras diferentes, aunque ambas atiendan a una población que comparte calles, costumbres y problemas. La frontera administrativa se duplica en la organización municipal, pero la experiencia diaria de los vecinos sigue siendo común.

La unidad vecinal pesa más que la división del mapa

Los propios habitantes resumen su relación con una frase contundente: “Estamos unidos para todo”. Esa afirmación funciona como la clave para entender el caso. La cooperación cotidiana permite compensar las posibles dificultades de un territorio dividido, desde la gestión de servicios hasta la identificación colectiva del pueblo.

La historia de Ventorros de Balerma muestra que las fronteras internas no tienen siempre el mismo significado. Pueden determinar quién administra una calle, qué municipio registra a un vecino o dónde se presta un servicio, pero no necesariamente definen los vínculos entre las personas. En este enclave andaluz, la separación provincial se mantiene como una realidad jurídica y geográfica, mientras la convivencia construye una identidad compartida.

Por eso la escena que sorprendió a la audiencia —cruzar una calle y cambiar de provincia— es más que una anécdota. También plantea una cuestión sobre la relación entre territorio y comunidad: las instituciones dividen el espacio para organizarlo, pero son los vecinos quienes terminan dándole sentido. En Ventorros de Balerma, esa tarea se realiza cada día entre Granada y Córdoba, con dos alcaldes, servicios repartidos y una sola vida de pueblo.