Viajar activa la reserva cognitiva y ofrece al cerebro nuevos desafíos

Viajar activa la reserva cognitiva y ofrece al cerebro nuevos desafíos

Viajar puede aportar algo más que una pausa de la rutina: al obligar al cerebro a orientarse, adaptarse y tomar decisiones en entornos desconocidos, pone en juego distintas capacidades cognitivas. La neuróloga Marta Guillán señala que quienes viajan y atraviesan con frecuencia ese proceso pueden desarrollar una mayor reserva cognitiva. No significa que unas vacaciones garanticen protección frente a enfermedades, sino que la experiencia exige al cerebro salir de respuestas automatizadas.

Un destino nuevo rompe el piloto automático

La adaptación empieza en tareas concretas: interpretar un mapa, encontrar una dirección, comunicarse en otro idioma o probar sabores distintos. Beatriz de la Casa Fages explica que estos retos movilizan la atención y la capacidad para resolver problemas. El valor cognitivo no depende necesariamente de la distancia recorrida: está en enfrentarse a estímulos y situaciones que no forman parte de los hábitos cotidianos.

Ese esfuerzo también puede abrir espacio para la creatividad. Según Guillán, cuando la mente deja de permanecer en alerta ante las exigencias diarias, pueden surgir ideas nuevas. El descanso, además, permite recuperar intereses postergados y prestar atención a actividades para las que la rutina suele dejar poco margen.

Viajar activa la reserva cognitiva y ofrece al cerebro nuevos desafíos

El efecto comienza antes de salir

La preparación también forma parte de la experiencia. Buscar destinos, imaginar recorridos y organizar el transporte activa el sistema de recompensa del cerebro y, según De la Casa Fages, favorece la liberación de dopamina. Así, la expectativa puede aportar satisfacción antes de que empiece el viaje, aunque planificar no siempre resulte beneficioso si se convierte en una obligación rígida.

Un itinerario ayuda a ordenar los días, pero calcular cada etapa al milímetro puede elevar la tensión cuando se retrasa un transporte o se pierde una visita. La especialista recomienda conservar cierta flexibilidad: reorganizar una ruta o buscar otro horario obliga a improvisar y tomar decisiones. El desafío puede estimular la actividad mental, aunque no conviene confundir todo estrés con un beneficio.

Descansar también importa para el cerebro

La distinción es relevante porque el estrés crónico puede afectar funciones cognitivas y constituye un factor de riesgo cardiovascular, advierte De la Casa Fages. Por eso, el descanso no consiste simplemente en llenar las vacaciones de planes. Reducir la presión cotidiana y dejar tiempo sin exigencias puede ser parte importante de sus efectos positivos.

Quienes no pueden viajar también pueden introducir novedad en su tiempo libre: retomar una afición, leer, realizar actividades culturales o dedicar atención a un interés pendiente. La idea de fondo no es atribuir propiedades extraordinarias a las vacaciones, sino reconocer que el cerebro se beneficia de cambiar de estímulos y salir, de vez en cuando, de la repetición. Viajar reúne esas oportunidades en una experiencia intensa; otras actividades pueden ofrecerlas cerca de casa.